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NOVEDADES BIBLIO
GRÁFICAS

 

 

Delparaíso
Juan del Val, Editorial Espasa, Barcelona, enero, 2021.

Delparaíso es un lugar seguro, una de las urbanizaciones más seguras, vigilado las 24 horas, lujoso e aparentemente inexpugnable. Sin embargo, sus muros no protegen del miedo, del amor, de la tristeza, del deseo y de la muerte. Ya que los habitantes de este exclusivo lugar se enredan con la misma facilidad que las de cualquier vecino. Detrás de cada puerta se esconde una historia diferente. Y cuando esas historias se cruzan el resultado puede ser como un coctel molotov.
Juan del Val dirige su mirada, lúcida e implacable, a este mundo tan hermético como inaccesible para construir una narración absorbente, a veces divertida y a menudo incómoda. Bajo su aparente sencillez, prácticamente en cada página el lector tendrá que enfrentarse a un dilema moral.


Luis Prado le da un beso a su mujer y siente que ella puede darse cuenta. Le pasa siempre lo mismo, pero la respuesta rutinaria de Eli le tranquiliza y su respiración vuelve a ser acompasada. «¿Qué tal el día?». Luis pasa por encima en el repaso de su jornada en Urquijo-Prado, el despacho de abogados del que es dueño junto a su cuñado Borja Urquijo, el único hermano de Eli. Luis Prado lleva haciéndose cargo de todo desde hace meses. Así tendrá que ser hasta que Borja se recupere, vuelva a trabajar y a ser el que era, si es que eso sucede alguna vez.
Eli Urquijo no quiere que nadie la llame Elisa. Casi nadie lo hace, salvo Luis, que cuando discuten, finge que no se da cuenta: «No me jodas, Elisa; deja de gritar, Elisa; no sé de qué me hablas, Elisa…». Eli se siente mayor. Primero empezó sintiéndose gorda y ahora se siente mayor y gorda. Así se ve ella. Nota que sus muslos se ablandan según pasan los días, gelatinosos, la piel se hunde y remonta hasta el siguiente hoyuelo. A veces se ilusiona mientras se aplica la crema anticelulítica antes de irse a dormir, estira la piel de los muslos con las dos manos dándoles una tersura instantánea, ficticia, que dura hasta que las manos dejan de hacer fuerza y a sus muslos vuelven los cráteres.
Es herencia de su madre. La primera liposucción hizo algún efecto, la segunda ya apenas se notó. Claro que en la primera era más joven, nada más nacer Cristina. La segunda se la hizo cuando llegaron los mellizos. Mañana cumplen diez años y ella no ha vuelto a recuperar su peso.
Sabe que le faltan por recuperar muchas más cosas y de vez en cuando tiene miedo de que ya no le dé tiempo. Mañana cumple cuarenta y cinco años. Su médico programó la cesárea para que Luis y Martina nacieran el mismo día que ella.


A propósito de nada
Woody Allen, Editorial Alianza, Barcelona, mayo, 2020.

Se trata de la autobiografía de Woody Allen, que está dedicada a su mujer Soon-Yi Previn, quien fuera la hija adoptiva de su ex, Mia Farro. En ella ofrece con todo lujo de detalles sus 84 años de vida, narra tanto su lado personal como profesional, y describe su labor en películas, teatro, televisión, clubs nocturnos y obra impresa, tanto libros como prensa.
Allen también habla de sus relaciones con familiares y amigos, y de los amores de su vida. Hace gala de su famoso sarcasmo, y tiene un destacado objetivo: defenderse de las acusaciones de abusos de su hija adoptiva Dylan Farrow.


Al igual que le ocurría a Holden, no me da la gana de meterme en todas esas gilipolleces al estilo David Copperfield, aunque, en mi caso, algunos pocos datos sobre mis padres tal vez os resulten más interesantes que leer sobre mí. Por ejemplo, mi padre, nacido en Brooklyn cuando aquello no era más que un montón de granjas, recogepelotas para los primeros Brooklyn Dodgers, buscavidas de billar americano, corredor de apuestas, un hombre pequeño pero un judío duro, que usaba camisas extravagantes y llevaba el pelo peinado hacia atrás, reluciente como el charol, à la George Raft. Nada de escuela secundaria, en la armada a los dieciséis, miembro de un pelotón de fusilamiento en Francia que ejecutó a un marino estadounidense por haber violado a una chica del lugar. Tirador condecorado al que le encantaba apretar el gatillo y que siempre llevaba una pistola encima hasta el día que murió, sin haber perdido ninguno de sus cabellos plateados y con una visión perfecta y superior a la normal. Una noche, durante la Primera Guerra Mundial, su embarcación fue alcanzada por un proyectil en las heladas aguas de Europa a cierta distancia de la costa. El barco se hundió. Todos se ahogaron, excepto tres tipos que nadaron varios kilómetros y llegaron a la orilla. Él fue uno de esos tres que consiguieron derrotar al océano Atlántico. Pero yo estuve así de cerca de no haber nacido. La guerra llegó a su fin. Su propio padre, que había ganado algo de pasta, siempre lo malcriaba y lo favorecía desvergonzadamente por encima de los retrasados de sus dos hermanos. Y lo de «retrasados» lo digo en serio. De niño, la hermana de mi padre siempre me recordaba a esos fenómenos de los circos a los que se llama «cabezas de aguja». Su hermano, un tipo débil y pálido que parecía un degenerado, recorría las calles de Flatbush vendiendo periódicos hasta que fue disolviéndose como una galleta descolorida. Primero se puso blanco, luego más blanco, luego desapareció. De manera que el papá de mi papá le compró a su marinerito favorito un coche muy llamativo con el que este se dio algunas vueltas por la Europa de la posguerra. Cuando volvió, el viejo, mi abuelo, ya había añadido unos cuantos ceros a su cuenta bancaria y fumaba cigarros Corona de los buenos. Era el único judío que trabajaba como viajante en una importante compañía de café. Mi padre empieza a hacer mandados para él, y un día, cuando estaba acarreando algunos sacos de café, pasa delante de un tribunal y ve bajar por las escaleras al «Niño» Dropper, un matón de aquella época. El «Niño» se sube a un coche y un tipejo insignificante llamado Louie Cohen salta sobre el vehículo y dispara cuatro tiros por la ventanilla mientras mi padre se queda ahí mirando. El viejo me relató esa anécdota muchas veces como si fuera un cuento para antes de dormir, y era mucho más emocionante que Pelusa, Pitusa, Colita de Algodón y Perico, el conejo travieso.


El mapa de los afectos
Ana Merino, Ediciones Destino, Barcelona, febrero, 2020.

La novela narra la historia de Valeria, una joven maestra de escuela que tiene una relación secreta con Tom, treinta años mayor que ella, que se enfrenta al dilema de los sentimientos y quiere entender el significado del amor. En el pueblo donde enseña, Lilian desaparece sin motivo aparente mientras su marido está en la otra punta del mundo. Greg, un hombre a quien le pierden las mujeres, frecuenta un club de alterne de los alrededores para ahuyentar su descontento, hasta que un día se ve descubierto de la peor manera posible.
Es a partir de momentos como estos en el transcurrir de una pequeña comunidad de la América profunda, que nos adentramos en los misterios cotidianos de sus habitantes. Las vidas de todos ellos no solamente se irán cruzando a lo largo de más de dos décadas, sino que estarán condicionadas por la fuerza magnética de los afectos, la aleatoriedad del azar o por la justicia poética que a veces nos traen los acontecimientos más inesperados.


La biblioteca de la luna
Francesc Miralles, Editorial Espasa, Barcelona, junio, 2019.

La novela discurre en un futuro más o menos cercano, en el que la sociedad y la tecnología han evolucionado. Verne, un joven licenciado en lingüística semita que trabaja en un call center de Los Ángeles, está enamorado de Moira, una ingeniera de telecomunicaciones que está trabajando en Exovillage, la primera colonia humana en la Luna, un centro turístico creado por un magnate llamado Kumar, destinado a grandes millonarios.
Ambos llevan muchos años siendo amigos íntimos, sin que Verne, llevado por su carácter introspectivo, se haya atrevido a dar el paso de declararle su amor; pero lo cierto es que desde que la muchacha partió a la base lunar, a la que la ata un contrato irrompible de 18 meses, se halla sumido en la desolación de no poder verla, limitando su contacto a mensajes electrónicos poco frecuentes, debido a las dificultades de comunicación con Exovillage.
Moira, por su parte, padece agudamente una especie de depresión que califican como “melancolía espacial”, que la hace sufrir mucho.
Ante la inminente apertura al público del complejo Verne presenta una solicitud de incorporación para personal auxiliar de restauración valiéndose de un currículum falseado. El joven logra trasladarse allí para ejercer de bibliotecario (en la Tierra se prohibieron los libros impresos para evitar la deforestación) y encontrará textos que buscan la perfección intelectual. Verne descubrirá que lo que le espera “allí arriba” no tiene nada que ver con lo que había soñado. Las extrañas aventuras que empezará a vivir en Exovillage, tras la misteriosa desaparición de su fundador, le revelarán aspectos desconocidos sobre Moira y sobre sí mismo.

1 HELLO

Querido Verne:

Antes de nada, quiero disculparme por haber tardado tanto en escribirte. Sé que te lo prometí antes de irme, pero las cosas no son nada fáciles aquí arriba. Hace ya tres semanas que llegué y hasta hoy no he tenido un instante de respiro.

Cuando no estaba mareada o vomitando, me tenían a full configurando esta maldita Exonet, que falla continuamente sin que sepamos por qué. Supongo que sucede con todo lo que se hace por primera vez. Mientras me paseo por estos tubos transparentes, como un hámster en su jaula, pienso a menudo en ti. Con el nombre que te pusieron tus padres, deberías ser tú quien esté en el Exovillage, si no fuera porque yo estudié telecos y por aquí no necesitan expertos en sánscrito.

En todo caso, no te pierdes mucho. Ninguno de los sesenta trabajadores que montamos el complejo hotelero puede salir afuera. Hay vehículos lunares, pero están reservados para los millonarios que empezarán a subir aquí en un mes, tras pagar las vacaciones más caras del sistema solar.


Los crímenes de Alicia
Guillermo Martínez, Ediciones Destino, Barcelona, febrero, 2019.

Lewis Carroll, autor de “Alicia en el país de las maravillas”, escribió un diario personal a lo largo de su vida. Sus herederos decidieron arrancar una página fechada en el año 1863 en la que, se cree, explicaba por qué los Liddell, padres de Alicia y de otras dos niñas, le habían prohibido quedarse a solas con las pequeñas. Esta circunstancia, germen de miles de teorías, es el punto de partida de esta novela que le ha valido a Guillermo Martínez (Argentina, 1962) el premio Nadal 2019. La novela está centrada en el universo literario de Carroll y es la secuela de “Los crímenes de Oxford”.
Oxford, 1994. La Hermandad Lewis Carroll decide publicar los diarios privados del autor de “Alicia en el país de las maravillas”. Kristen Hill, una joven becaria, viaja para reunir los cuadernos originales y descubre la clave de una página que fue misteriosamente arrancada. Pero Kristen no logra llegar con su descubrimiento a la reunión de la Hermandad. Una serie de crímenes se desencadena con el propósito aparente de impedir, una y otra vez, que el secreto de esa página salga a la luz.
¿Quién quiere matar al mensajero? ¿Cuál es el verdadero patrón que se esconde tras esta sucesión de crímenes? ¿Quién y por qué está utilizando el libro de Alicia para matar?
Para desentrañar lo que ocurre, el célebre profesor de Lógica Arthur Seldom, también miembro de la Hermandad Lewis Carroll, y un joven estudiante de Matemáticas unen fuerzas para llegar al fondo de la intriga, y serán peligrosamente arrastrados por unos crímenes impredecibles, en una investigación que combina la intriga con lo libresco.

Uno

Poco antes del fin de siglo, recién graduado, viajé a Inglaterra con una beca para estudiar Lógica matemática en Oxford. En mi primer año allá tuve la oportunidad de conocer al gran Arthur Seldom, el autor de Estética de los razonamientos y de la prolongación filosófica de los teoremas de Gödel. Mucho más inesperado, en la distinción borrosa entre azar y destino, fui junto con él testigo directo de una sucesión desconcertante de muertes, sigilosas, leves, casi abstractas, que los diarios llamaron Crímenes imperceptibles. Quizá algún día me decida a revelar la clave oculta que llegué a conocer sobre esos hechos; sólo puedo decir mientras tanto una frase que le escuché a Seldom: «El crimen perfecto no es el que queda sin resolver, sino el que se resuelve con un culpable equivocado».
En junio de 1994, al empezar mi segundo año de residencia, los últimos ecos de esos acontecimientos se habían acallado, todo había vuelto a la quietud, y en los largos días de verano no esperaba más que recuperar el tiempo que había perdido en mis estudios para llegar a las fechas imperiosas del informe de mi beca. Mi supervisora académica, Emily Bronson, que había disculpado con benevolencia los meses en blanco y las demasiadas veces que me había visto en ropa de tenis junto a una chica pelirroja adorable, me emplazó a la manera británica, indirecta pero indudable, para que me decidiera entre los varios temas que me había presentado después del período de seminarios. Elegí el único que tenía, aunque remotamente, un costado afín con mi inclinación literaria secreta: el desarrollo de un programa que, a partir de un fragmento de letra manuscrita, permitiera recuperar la función del trazo, es decir, el movimiento del brazo y el lápiz en la ejecución en tiempo real de la escritura. Era una aplicación todavía hipotética de cierto teorema de dualidad topológica que había alumbrado ella y parecía un desafío lo suficientemente original y difícil como para que pudiera proponerle un paper conjunto en el caso de que lo lograra. Pronto, antes de lo que hubiera sospechado, estuve lo bastante encaminado como para decidirme a golpear la puerta de la oficina de Seldom. Había quedado entre nosotros, después de atravesar la serie de crímenes, algo cercano a una tenue amistad, y aunque en lo formal mi consejera era Emily Bronson, yo prefería ensayar primero con él mis ideas, quizá porque bajo su mirada paciente y siempre algo divertida me sentía con más libertad para arriesgar hipótesis, llenar pizarrones y, casi siempre, equivocarme. Habíamos discutido ya las críticas veladas en el prólogo de Bertrand Russell al Tractatus de Wittgenstein, la razón matemática oculta en el fenómeno de incompletitud esencial, la relación entre el Pierre Menard de Borges y la imposibilidad de fijar sentido a partir de la sintaxis, las búsquedas de una lengua artificial perfecta, los intentos de capturar el azar en una fórmula matemática... Yo, que recién había cumplido los veintitrés años, creía tener mis propias soluciones a varios de estos dilemas, soluciones que eran siempre a la vez tan ingenuas como megalómanas, pero aun así, cuando golpeaba a su puerta, Seldom dejaba a un lado sus propios papeles, se echaba un poco hacia atrás en su silla y me dejaba hablar librado a mi entusiasmo con una media sonrisa, antes de señalarme algún trabajo donde lo que yo pensaba ya estaba hecho, o más bien refutado. Contra la tesis lacónica de Wittgenstein, de lo que no se podía hablar, yo intentaba decir demasiado.


 

Yo pude salvar a Lorca
Víctor Amela, Ediciones Destino, Barcelona, noviembre, 2018.

El escritor catalán cuenta en esta novela la historia de su abuelo y los siete últimos días del poeta granadino en la casa de la familia Rosales, antes de ser detenido.
“Yo pude salvar a Lorca” reconstruye la vida de Manuel Bonilla, el abuelo del escritor, un labriego y pastor de la Alpujarra convertido en pasador clandestino de personas de un lado al otro del frente de guerra de Granada. La sublevación militar le arrastró al pozo de uno de los sucesos más trágicos y universales de la guerra de España: el asesinato del poeta Federico García Lorca. Un horror que le pesará para siempre en una vida que se entrevera con la de otros personajes, célebres algunos como Luis Rosales, Ramón Ruiz Alonso, Gerald Brenan, Agustín Penón, Emilia Llanos, y anónimos otros, como Josep Amela, soldado republicano que será prisionero suyo: el tiempo y el azar les convertirán en miembros de una misma familia.
La novela rescata la vida anónima de un vencedor de la guerra y vencido de la historia. Subido al tren de un ideal, la vida de Manuel Bonilla cruza la Alpujarra mísera, la Granada de Lorca y la España de posguerra hasta llevar al lector, a través de la búsqueda de su nieto, a la Barcelona actual. Un viaje cuyos giros y rebotes resonarán en la sensibilidad de cualquier lector de la España actual.

1

El cortijo Los Puertas

La Alpujarra, agosto de 1936

Un hombre se esconde bajo excrementos de gallina.

Así empieza esta novela.

El hombre oculto bajo excrementos de gallina se llama Manuel Bonilla y será un día mi abuelo.

Con un pañuelo en la mano ahuecada, protege nariz y boca del cosquilleo acre de la gallinaza, que le cubre como el manto de la Virgen del Martirio de la Alpujarra. Le va la vida en respirar muy despacio, sin moverse.

—¿Dónde está tu papá, bonita?

El tipo que pregunta lleva escopeta de caza en bandolera, pendida de una desgastada correa de cuero.

Le acompañan otros dos hombres, brazos en jarras en la entrada del cortijo Los Puertas.
—No lo sé —responde la niña.

La niña tiene dos años. Se llama Anita y será un día mi madre.

La niña mira hacia arriba, mira al hombre de la escopeta. El hombre y la niña están entre el corral de gallinas —el suelo cubierto de excrementos— y la vivienda de techo plano, encalada, encastada en el terreno en declive, con una chumbera junto a la entrada.

El de la escopeta, que lleva un pañuelo rojo al cuello, hinca una rodilla en tierra y pregunta a Anita:

—¿Dónde está tu papá, mi niña?

—No lo sé.

La niña Anita mira de reojo a su madre, en la puerta de la casa. Del dintel cuelga la jarapa alpujarreña que aísla el umbrío interior de las inclemencias del campo. Otro hombre habla con la madre, persuasivo:

—Señora María, ¿dónde está su marido? Sólo queremos hablar con él, ¡nada más!

—¡Ya querría yo saber dónde está! Nos ha dejado solos, a mí y a mis cuatro hijos, con una recién nacida...


El gran hotel de Wes Anderson
Nuria Díaz, Lunwerg Editorial, Barcelona, noviembre, 2018.

Este libro celebra la desbordante creatividad del que es considerado uno de los directores de cine más originales de las últimas décadas, Wes Anderson. A través de las ilustraciones de Nuria Díaz, esta obra hace un recorrido por la vida de Wes Anderson, así como por los temas, personajes y escenarios que conforman el universo visual de este cineasta imprescindible. Puede verse su particular estética, su obsesión por la simetría, y sus personajes entrañables y nostálgicos, que le ha valido tener un gran número de espectadores y críticos. Ya que ha creado un estilo propio, un sello inigualable que genera fascinación en todo aquel que se enfrenta a alguna de sus películas.
Wes Anderson goza de un gran prestigio entre sus numerosos seguidores y dentro del mundo del cine, ha recibido varias nominaciones a los Óscar y los Globos de Oro, y el mismo Martin Scorsese ha declarado ser fan suyo.
La autora, Nuria Díaz, ha sabido transmitir con sus ilustraciones la característica fotografía y la dirección artística de las películas de Wes Anderson. Ello, combinado con un análisis completo de la filmografía y el estilo de Anderson.

Extracto de la introducción

“La primera película de Wes Anderson que vi fue Life Aquatic, pero no me enganchó: quizás no era el momento. Años más tarde vi Los Tenenbaums y entonces sí que surgió una chispa. Aunque todavía ignoraba quién era el director tejano, me gustó esa manera particular de componer unos planos que parecían fotografías.

(…) Con Moonrise Kingdom comencé a empaparme de su estética particular. La carátula de la peli destacaba sobre todas las demás en el videoclub (…) y, una vez vista, me quedé prendada de sus imágenes y de sus personajes. Todo era como un cuento perfectamente narrado –tenía momentos de humor, de tristeza y de acción- y, sobre todo, las imágenes eran preciosas. Quería dibujarlo todo.

Desde entonces sí que se puede decir que soy fan: soy andersoniana.

No sé cuántas veces he vuelto a ver cada película para escribir este libro, pero cada vez que volvía a ellas, descubría algo nuevo escondido entre todos aquellos personajes
.
(…) Si te estás iniciando en el mundo de Anderson, enhorabuena: viendo sus pelis vas a pasar ratos divertidos, tristes, absurdos y encantadores y acabarás, quizás, con alguna lagrimilla al final, porque las pelis de Anderson son mágicas y entrañables y nos gustaría vivir dentro de ellas, porque siempre parece que los mundos que crea son mejores que el nuestro”.


La bruja Leopoldina y otras historias reales
Miguel Delibes, Ediciones Destino, Barcelona, mayo, 2018.

Este libro reúne los relatos incluidos en “Mi vida al aire libre” y “Tres pájaros de cuenta”, así como un cuento inédito hasta la fecha. Un relato escrito y dibujado de la mano del mismo Miguel Delibes en su época de juventud que había permanecido guardado en los fondos de la Fundación que lleva su nombre.
La relevancia de "La bruja Leopoldina" radica en iluminarnos a un joven de inteligencia bifurcada, que todavía no sabe si escoger las letras o las bellas artes. Más que un trabajo es el testimonio retrasado de un joven que tienta el destino con distintas posibilidades y futuros. «Existió una bruja muy dañina que llevaba por nombre Leopoldina» es la primera frase de este cuento, que es también una obra finalizada, por muy temprana que sea, que reúne al Delibes dibujante, que tan solo dos años después entraría, con apenas veinte inviernos, como caricaturista en «El norte de Castilla» y el Delibes escritor, que en 1947 ganaría el Premio Nadal para consagrarse como clásico desde su primera obra.
Con motivo de este inesperado hallazgo editorial, han editado, bajo un mismo volumen todos sus relatos autobiográficos, en los que descubrimos la esencia de uno de los autores más leídos de las letras españolas todavía a día de hoy. El autor de obras tan conocidas como “El camino”, “Los santos inocentes” o “Cinco horas con Mario” fue un gran amante de la naturaleza, de los deportes, de la vida al aire libre en general. En estos relatos descubriremos de la mano de Delibes la belleza del mundo natural, y el placer de disfrutar de ella a través de la observación, el paseo y el deporte, que permiten que el ser humano conecte con la tierra.

La herencia

A mi padre se le adivinaba la ascendencia europea en su afición al aire libre. No es que fuera un sportman, como se decía a comienzos de siglo del señorito ocioso dado a los deportes, pero sí un hombre que con cualquier motivo buscaba el contacto con el campo. Este hecho era raro en España, no sólo a finales del siglo xix sino en el primer cuarto del siglo xx. El español del 900, ese hombre de cocido, cigarro y casino, relacionaba indefectiblemente la idea de campo con la idea de enfermedad. Fernández Flórez hacía humor a su costa y, en una de sus novelas, presentaba a un jefe de negociado, asfixiado por el oxígeno en una excursión a la montaña, que a duras penas conseguía recuperarse bajo la atmósfera de humo provocada artificialmente por sus subalternos. Francisco de Cossío, hombre de cachimba y tertulia, sostenía que el sol y aire devoraban la salud del hombre lo mismo que decoloraban las batas de percal de las muchachas.

Mi padre, pese a pertenecer a la misma generación, tenía un concepto más moderno sobre el particular: la naturaleza era la vida y era preciso conservarla y disfrutarla. Él salía al campo en todas las estaciones del año. Y pese a ser muy sensible a las corrientes de aire (se enfriaba con un soplo) y a tener un oído delicado para cualquier clase de ruidos, lo hacía ligero de ropa, y en primavera encontraba un atractivo incomprensible en el monótono y penetrante canto de los grillos. Todavía le recuerdo en los ribazos de Zaratán o en las onduladas siembras de Simancas, agachado en los trigales, reclamando a la codorniz o sacando grillos de sus huras cosquilleándoles con una paja. En casa había una grillera de tres pisos, de seis apartamentos, y en el mes de mayo el albergue se llenaba y los conciertos crepusculares, que enfurecían a los vecinos, reunían para él propiedades no ya gratificadoras sino sedantes. Los alimentaba con lechuga (escogiendo las hojas más frescas de las que mi madre subía del mercado), y al caer la tarde aquellos bichitos insignificantes habían transformado la verdura en unas bolitas negras, aovadas, la freza, bolitas que delataban su presencia en las pequeñas huras del campo. A su juicio, los franceses estimaban mucho la compañía de los grillos (y quizá fuera cierto) pero nosotros, los españoles que le rodeábamos, no llegábamos a comprender que para él, que le sacaba de quicio el vagido remoto de un niño, comportase algún placer aquel cricrí sin modulaciones, reiterado e interminable.


Cuentos Completos (1891-1908)
Edith Wharton, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, abril, 2018.

Este libro de cuentos reúne por primera vez en español todos los cuentos de Edith Wharton (Estados Unidos, 1862 - Francia, 1937). Aunque su nombre sea bien conocido para un lector atento, ya que fue la primera mujer en ganar el premio Pulitzer, estuvo nominada al Nobel en varias ocasiones, firmó más de cuarenta libros de todos los géneros, aún queda mucho por conocer de una de las escritoras más difíciles de encasillar de la historia de la literatura: sus cuentos son un brillante ejercicio de pasión, síntesis, armonía, encanto discreto y un agudísimo sentido del humor que no han llegado a ser todo lo reivindicados que deberían. Páginas de Espuma pretende saldar esta deuda.
Este primer volumen de sus "Cuentos completos", que comprende los escritos entre 1891 y 1908, nos ofrece una nueva visión de la autora de “La edad de la inocencia” que sorprenderá a no pocos y hará disfrutar a muchos. Diecisiete años de relatos reunidos en este primer tomo, prologado por la escritora Clara Obligado, y cuya traducción corre a cargo de un equipo de traductores –Emma Cotro, Maite Fernández Estañán, Eva Gallud y Juan Carlos García– que no solo ha logrado traernos la voz de Wharton de la mejor manera posible, sino hacerlo en el momento y de la forma que merece.
Los cuentos que se incluyen en la presente edición son los que fueron compilados por Richard Warrington Baldwin Lewis en 1968 dentro de “The collected Short Stories”. En ellos hay además conversaciones con la pintura, los viajes, el propio oficio de escribir y la casa, la casa como espacio poético. En “Almas vencidas”, uno de sus cuentos más destacados por la crítica, aquí recogido, podemos leer: "Nada más desconcertante para un hombre que el proceso mental de una mujer que razona sus emociones". Hoy, que la mujer sigue andando hacia su reconocimiento como Una, la publicación de estos cuentos es un modo magnífico de saber cómo fue el despertar. El primer tomo se publica en abril y el segundo el año próximo. Esta recopilación rescata a una autora que no solo escribió, sino que reflexionó sobre el proceso de escritura, ya en el siglo pasado.


Nueva York 2140
Kim Stanley Robinson, Editorial Minotauro, Barcelona, marzo, 2018.

Cuando subió el nivel del mar, cada calle de Nueva York se convirtió en un canal, y cada edificio, en una isla. Sin embargo, para los residentes de un bloque de apartamentos de Madison Square, la Nueva York del 2140 dista mucho de ser una ciudad anegada. Está el corredor de bolsa, capaz de encontrar oportunidades en las desgracias ajenas. La agente de policía, cuyo trabajo nunca termina. Está la estrella de internet, adorada por millones de espectadores que siguen las aventuras de su dirigible, y la respetada administradora del edificio, donde dos niños jugarán un papel decisivo. También están los dos programadores afincados en el tejado y cuya desaparición desencadena una secuencia de acontecimientos que pone en peligro la supervivencia de todos, incluidos los cimientos sumergidos sobre los que descansa la ciudad.
Tal y como cuenta el propio autor: “En Nueva York 2140 he contado la historia de una revolución popular y una revolución política que crea un postcapitalismo para resolver el problema ecológico, porque es la única solución posible. El mercado no tiene cerebro, ni consciencia, ni moral, ni sentido de la historia. El mercado solo se rige por una consigna, y es una mala consigna, una consigna que solo funcionaría en un mundo en el que las materias primas fuesen infinitas”.

a) Mutt y Jeff

El que escribe el código genera el valor.
—Eso ni siquiera se acerca a la verdad.
—Claro que sí. El valor reside en la vida y la vida está codificada, como
el ADN.
—¿O sea, que las bacterias tienen valores?
—Claro. Todas las criaturas vivas quieren cosas y las persiguen. Desde
los virus y las bacterias hasta nosotros.
—Lo que me recuerda que te toca limpiar el baño.
—Lo sé. La vida significa muerte.
—¿Lo harás hoy?
—En algún momento del día. Volviendo a mi argumento: nosotros
escribimos código. Y, sin ese código, no existen ordenadores. Ni finanzas,
ni dinero, ni valor de intercambio, ni valor en general.
—Salvo lo último, entiendo lo que quieres decir. ¿Y?
—¿Hoy has leído las noticias?
—Pues no, claro.
—Deberías. Son malas. Se nos comen.
—Qué novedad. Es lo que has dicho: la vida significa muerte.
—Más que otras veces. Esta vez es demasiado. Nos van a dejar en
los huesos.
—Ya. Por eso vivimos en una tienda de campaña sobre un tejado.
—Exacto. Y ahora, a la gente le preocupa incluso la comida.
—Lógico. Ese es el auténtico valor: tener la tripa llena. El dinero no
se come.


Un andar solitario entre la gente
Antonio Muñoz Molina, Seix Barral, Barcelona, febrero, 2018.

La novela es la historia de un caminante que escribe siempre a lápiz, recortando y pegando cosas, recogiendo papeles por la calle, en la estela de artistas que han practicado el arte del collage, la basura y el reciclaje como Diane Arbus o Dubuffet, así como la de los grandes caminantes urbanos de la literatura: de Quincey, Baudelaire, Poe, Joyce, Walter Benjamin, Melville, Lorca, Whitman… A la manera de Poeta en Nueva York, de Lorca, la narración de Un andar solitario entre la gente está hecha de celebración y denuncia: la denuncia del ruido extremo del capitalismo, de la conversión de todo en mercancía y basura; y la celebración de la belleza y la variedad del mundo, de la mirada ecológica y estética que recicla la basura en fertilidad y arte.
Una novela fragmentaria, sin trama, articulada mediante secciones cuyos títulos son frases extraídas de la atmósfera mediática. Es la novela de un paseante que recorre Madrid o Nueva York, pero también París o Lisboa; que transcribe conversaciones callejeras o fragmentos mediáticos, pero también fantasea con los grandes nombres de la tradición literaria en torno a la idea de ciudad o se va encontrando con un personaje fantasmagórico que le anima a imaginar el gran poema de hoy como una acumulación de detritos. De vez en cuando, se reproducen fragmentos de los collages que el autor ha ido elaborando durante el tiempo de creación del libro: es una forma valiente de exponer todas las minucias de la construcción de una voz como esta. Y desde luego, reserva chispas de belleza por todas partes.

I OFICINA DE INSTANTES PERDIDOS

Escucha los Sonidos de la Vida. Soy todo oídos. Escucho con mis ojos. Escucho lo que veo en los anuncios y en los titulares de los periódicos y en los carteles y letreros de la ciudad. Voy viajando a través de una ciudad de palabras y voces. Las voces hacen vibrar el aire y llegan por mi oído interno al cerebro convertidas en impulsos nerviosos. Las palabras las oigo al pasar o cuando alguien se queda un rato a mi lado hablando por un teléfono móvil o las leo en cualquier lugar o en cualquier superficie hacia la que mire, cada pantalla. Las palabras escritas me llegan como sonidos de voces, notas que leo en una partitura, a veces queriendo distinguir varias palabras simultáneas, deducir las que no oigo porque se han alejado muy rápido de mí o porque las borra un ruido más fuerte. Las diferencias en las tipografías forman una incesante polifonía visual. Soy una grabadora en marcha, oculta en el teléfono futurista de un espía de los años sesenta, en el iPhone que llevo en el bolsillo. Soy la cámara que quería ser Christopher Isherwood en Berlín. Soy una mirada que no quiere distraerse ni para un parpadeo. El bosque tiene oídos, dice al pie de un dibujo del Bosco. Los campos tienen ojos. En el interior del tronco hueco de un árbol fosforecen en la oscuridad los ojos amarillos de una lechuza. Un árbol corpulento tiene dos orejas grandes como de elefante que casi rozan el suelo. Una escultura de Carmen Calvo es un gran portalón viejo de madera tachonado de ojos de cristal. Las puertas tienen ojos. Las paredes oyen. Los enchufes oyen, dice Gómez de la Serna.


El legado de los espías
Jonh Le Carré, Editorial Planeta, Barcelona,enero, 2018.

El autor británico, regresa a los turbios escenarios de las primeras obras de su extensa producción. Vuelven, como cadáveres mal enterrados, todos los personajes y los climas angustiantes que rodean a Smiley, el superespía protagonista de toda la saga. En esta entrega es Peter Guillam, su adjunto, quien, en un extenso alegato en primera persona, dirige desde el primer párrafo toda la atención sobre Alec Leamas, su amigo asesinado en el Muro y protagonista de “El espía que surgió del frío”. Y también, lo sabemos ahora, quien desveló a Smiley la existencia de un topo, un infiltrado, en lo más alto de la rígida jerarquía del Servicio Secreto inglés.
Guillam es llamado a Londres desde su retiro en la Bretaña francesa para responder ante una posible denuncia de los hijos de las dos víctimas que protagonizaban aquella novela. En un constante ir y venir desde el Berlín de 1959, con el Muro empezando a levantarse, al presente de los nuevos servicios secretos en manos de jóvenes tecnócratas que desconfían e ignoran a las viejas glorias, Le Carré reconstruye una trama donde podemos seguir el hilo que se ocultaba en aquella primera novela, y que, según recoge en “Volar en círculos”, fue considerada por uno de los oficiales de mayor rango de la Inteligencia británica como "la única puñetera operación con doble agente que ha salido bien". Pero algo no salió del todo bien cuando hubo que sacrificar a uno de los mejores agentes ingleses, amigo y compañero de Peter, y a un buen grupo de civiles de ese "ejército gris de ocasionales, mutuamente desconocidos, que con una sola llamada lo dejaban todo para trabajar para la causa". Smiley y Guillam abandonan cualquier rasgo de humanidad hasta descubrir quién era el topo, el agente durmiente que los soviéticos, a quienes Le Carré siempre consideró más imaginativos y eficaces, lograron situar en la cumbre de la Inteligencia inglesa. Sesenta años después, un Guillam ya viejo pero no anciano, en un tardío acto de rebelión cierra su relato visitando a su mentor Smiley, quien ya definitivamente retirado intenta calmarle con otra muestra de su refinado cinismo: "Nunca fuimos despiadados, teníamos una piedad más amplia. Quizás mal dirigida. Y sin duda inútil", sin dejar muy claro a Peter Guillam, y al lector, cuál será el final, si es que lo hay. Esa forma de quedar en paz con su belicoso pasado, bien puede ser la obsesión del autor.

 

Palabras contra el olvido: Vida y obra de María Teresa León (1903-1988)
José Luis Ferris, Fundación José Manuel Lara, Sevilla, mayo, 2017.

Obra basada en la figura de María Teresa León, vinculada a la de Rafael Alberti durante al menos cincuenta años, en los que ambos vivieron juntos las experiencias decisivas de la guerra y el exilio. Pero su relación con el poeta no debe ocultar la contribución de una de las escritoras más deslumbrantes de la Generación del 27.
Autora de relatos, novelas, biografías, ensayos, piezas teatrales, guiones y artículos de prensa, María Teresa León encarnó el ideal de la "nueva mujer" emancipada que preconizaba la España republicana y dejó en su obra, de acusado carácter autobiográfico, numerosas pistas de un itinerario marcado por el amor y el desamor, el combate y el destierro, el compromiso y la soledad, el ruido y el silencio, la guerra y la pasión por la vida. Profundo conocedor de la época, José Luis Ferris traza en libro la apasionada semblanza de una mujer extraordinaria que, pese a haberse definido a sí misma como "la cola del cometa", no puede ser reducida a un papel secundario. Ya que su voz suena a la voz de un tiempo, a la garganta viva de todas las mujeres, de todos los desterrados, de todos los seres maltratados y heridos por la vida. Hay libros suyos reveladores, como Menesteos, marinero de abril, Fábulas del tiempo amargo y Memoria de la melancolía, que merecen ser ensalzados y puestos en primera línea.

I. PRIMERA Y ÚLTIMA INFANCIA

Por favor, cierra la puerta.
No quiero oír mi infancia.

La hija del coronel.

La vida de María Teresa León y Goyri comienza el 31 de octubre de 1903 en Logroño, aunque su infancia, su adolescencia y parte de su juventud habrán de transcurrir en Madrid, Burgos y, en menor medida, Barcelona. Tanto en la partida de nacimiento del registro civil como en la hoja eclesiástica de la iglesia parroquial de Santa María de la Redonda donde fue bautizada el 25 de noviembre, hay constancia de ese origen riojano: «Yo, don Sabiniano González –certificaba el capellán segundo del Cuerpo Eclesiástico del Ejército – bauticé solemnemente y ungí con los Santos Óleos a una niña que nació a la una de la tarde del día treinta y uno de octubre anterior en la casa número seis de la calle General Espartero, poniéndole por nombre María Teresa de Jesús, María del Rosario, Juana Lucila…».
Hija del coronel Ángel León Lores, militar de Húsares, y de la burgalesa Oliva Goyri de la Llera, parecía destinada a formar parte de esa alta burguesía cercada por derechos y deberes, de buena familia, de un hogar reinado que recibe visitantes de cierta categoría, que respeta las bellas artes y que se mueve entre uniformes y etiquetas.
Ser hija de militar suponía, además, cambiar con cierta frecuencia de paisaje, de ciudad, de casa, de escuela, de amigos de juego y hasta de parientes cercanos. Y dentro de esas maniobras del destino, fue Madrid, a poco de venir al mundo, el espacio verdadero de una infancia primera que marcaría, de modo elemental, aspectos decisivos de su vida.


La vida perenne
José Luis Sampedro, Editorial Plaza&Janés, Barcelna, marzo, 2015

Un cuaderno de notas hecho con citas, reflexiones y fotografías, como si fueran la carpeta en la que un adolescente apunta sus referencias, sus ideas, las cosas que le gustan, con el fin de hacerse una identidad.
Es un revelador y fascinante viaje a través de la filosofía vital del autor, acompañado por las sugestivas imágenes del fotógrafo Chema Madoz. Es este un libro que acerca a los lectores al José Luis más íntimo, apenas conocido. Un compendio esencial y sorprendente. La vida perenne descubre una faceta inédita de la rica personalidad del autor. Su compromiso vital con la escritura y la sociedad es de sobra conocido, pero sólo sus más íntimos sabían de los caminos que exploró para llegar al desarrollo de su ideal humanista. Este libro recoge ese camino hacia la sabiduría perenne.
"Quienes conocieran a Sampedro, encontrarán en este libro la sensación de que él vuelve y charla con ellos. Los que no, encontrarán sabiduría, píldoras que les harán reflexionar y aquietarán su espíritu", Olga Lucas, esposa de Sampedro.


Bipolar
Elena Méndez, Linajes Editores, México, julio, 2011

Se trata de un libro compuesto por 21 cuentos que nos hablan sobre personajes con trastorno afectivo bipolar (padecimiento anteriormente conocido como psicosis maniacodepresiva). Está dividido en dos apartados: ‘El cuerpo del delito’, donde se aborda la fase maniaca; y ‘Tal vez morir en soledad’, que alude a la fase depresiva.
Dicho trastorno no se nombra explícitamente, sino que se permite que el lector lo deduzca, basado en el comportamiento de los personajes, que suelen moverse en la clandestinidad y ejercer las más inusitadas transgresiones.
Las temáticas abordadas son, entre otras: el amor, el erotismo, la soledad, la amistad, la muerte… todo lo que rodea al ser humano y lo hace ser como es.
También hay una fuerte crítica social, enfocada, sobre todo, a la doble moral y la hipocresía.
El estilo de la autora muestra una enorme influencia de autores como Julio Cortázar, José de la Colina y Élmer Mendoza, particularmente en los tópicos, el uso de la temporalidad y el empleo lúdico del lenguaje.

Sinaloa y sus ojos cafés

Te disgusta viajar adelante adelante o hasta allá atrás, pero ni modo, te tocó la última opción.

Bueno, hay que resignarse y traes un chingo de cargamento; haces algo inusual en ti; pedir ayuda; le dices a un pasajero que te ayude a subir unos cartones llenos de libros, y tu compañero de asiento se ofrece a colocar tu maletota allá arriba.

Admiras sus piernas, piensas que es basquetbolista, pero no, es beisbolista. Es un chavo buena onda; sin querer, empiezas a confesarle tu vida a este desconocido, tal como Arreola contaba que solía hacerlo, y es que a veces es preferible contarle tu vida a un extraño que a una persona supuestamente confiable.

Te saca de onda, porque dice que tiene veinte años. ¡Ja…! ¿Quién te va a creer? Y claro, le exiges muestre su credencial de elector. El güey viene tomadillo (de hecho, no podría dejar de darte el tufo), y te muestra su identificación.

17-10-79; por lo tanto, te lleva un poco más de dos años. Su amigo viene en calidad de cucaracha fumigada; permanece en posición fetal durante buen tiempo, mientras este bato se ríe de él.


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