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La tarde-noche de Alicia
Rubén Don
19/05/2007


Para Gina


I

No sé exactamente dónde poner la coma: después o antes del ‘quisiera’. Resulta incómodo el griterío de los niños que juegan pelota en el pasillo. Desconcentran. Masajeo mi nuca con las yemas de los dedos índice y medio de mi mano izquierda, doy un fuerte suspiro para tratar de no perder la concentración. Fito duerme a plena luz del día. Una ráfaga de viento azota la ventana de la cocina. El otoño se anuncia. Al otro lado, el sartén de la vecina fríe lo que mis orificios nasales intuyen puede ser arroz blanco, rojo quizá. Doy un sorbo a la cerveza. Con lo mucho que vos se distrae, ese escrito no estará listo ni hoy ni nunca, decía Alicia.

II

Me pongo de pie entre malhumorado e inquieto. Seré paciente. Esperaré a que la vecina termine de guisar para que todos esos granos de arroz no perturben mi concentración. Entro a la recámara. Enciendo el reproductor DVD, el televisor, y pongo un CD pirata que ayer, de regreso a casa, compré afuera de la estación del metro y en cuya portada reza Hoteles de Polanco. En la pantalla aparece una tipa blanca, con la piel casi transparente, y un negro con trenzas en el cabello, ambos desnudos, en un lugar que parece un departamento y no un hotel de Polanco. Los ah-ah-ah… suenan en inglés. Al cabo de pocos minutos me fastidio de mirar como ella le acaricia el glande con su lengua. Pienso en los trucos utilizados en las cintas pornográficas. En las vergas y las panochas rapadas. En que las escenas pornos son demasiado largas.

III

Regreso a la sala. Tomo asiento en una de las sillas del comedor. Justo en la desnivelada. En la renga, decía Alicia. Antes pensaba en por qué siempre la elegía inconscientemente. Pero he llegado a la conclusión de que es la silla quien me elige a mí. Alicia decía que en la vida ochenta por ciento son elecciones, el resto circunstancias. Los granos de arroz continúan saltando en el sartén de la vecina. Un gol se esparce como eco por el pasillo. Sé que debo mudarme a un departamento más grande. O por lo menos a uno donde mi estudio no quede tan cerca de la ventana de la cocina, que a su vez dé a la ventana de la cocina del departamento contiguo. Por ahora me parece que ya es tarde para estar pensando en esas cosas. El reloj extiende sus brazos marcando las cinco con quince.

IV

Cojo una naranja del frutero. Palpo con mis dedos su circunferencia. Alicia decía que la circunferencia del mundo es parecida a la de las frutas redondas. Pienso en la estructura del cuento, a propósito de las formas. En las diferencias entre el cuento y el relato. En su construcción ortográfica. Tiene tiempo que vengo trabajando en las cacofonías. Por ejemplo, hace un rato sustituí la palabra ‘después’, porque la había escrito siete veces. En el primer semestre de preparatoria reprobé un examen de redacción porque no supe contestar lo que las cacofonías significan. Aquel día llegué a casa y, antes de sentarme a la mesa a comer sopa de fideo, subí corriendo las escaleras hasta el estudio de mi padre. Abrí el diccionario. Mientras sorbía los fideos juré combatir las palabras repetidas.

V

He magullado la naranja de tanto jugarla entre mis dedos. Fito, que duerme en el sillón amarillo, abre los ojos, me mira amodorrado, se pone en cuatro patas, las estira, da tres vueltas sobre el lugar, se echa de nuevo, emite un leve maullido, bosteza y cierra los ojos. La vida a veces tiene señales extrañas, se muestra tan simple. Todas las noches, antes de dormir, ruego a Dios que en mi próxima vida me permita reencarnar en un gato.

VI

También combato las cacofonías de mi vida. Sobre todo desde que se fue Alicia. Sólo que ahí no se llaman cacofonías, la gente les dice cotidianidades. Por ejemplo hace meses escribía poesía, después decidí comenzar un cuento. Esta mañana bajé a la tienda y adquirí una pasta de dientes de una marca distinta al tubo enrollado que esta misma mañana le exprimí la última embarrada. Jamás bebo leche dos veces, por lo menos en la misma semana. Che, bancátelo, las cacofonías son necedades indispensables de la vida, decía Alicia.

VII

Los niños han dejado de jugar pelota. Los arroces fritos yacen en el estómago del esposo de la vecina. Regreso frente a la computadora. Las ideas se van y luego importunan cuando menos te lo esperas: a la mitad de una llamada telefónica, mientras la casera te explica que debes pagar trescientos cincuenta pesos para la pintura del edificio, o al final de una masturbación, justo cuando esa leche viscosa escurre entre tus dedos. Fito maúlla desde la ventana. Se va de cacería. Enciendo el estéreo. Comienza el Circo Beat. Alicia odiaba el Circo Beat, decía que era una reverenda boludez. Sangre argentina al fin. I love you, love you so… I love you, love you so… .

VIII

Las preguntas necias brotan. Pienso en Alicia. Imagino el viento del Río de la Plata jugando con su cabeza rapada. Alicia decía que en la vida hay que recorrer por lo menos ochenta y tres mil kilómetros de distancia, que si no, no vale la pena. Quizá por eso mudó sus maletas de Villaguay a Ciudad de México.

IX

El cuento lo comencé a escribir hace un par de semanas, cuando Alicia todavía habitaba el departamento. Fito aún no adornaba mi sala. Era un ser extraño que todas las tardes se postraba a la orilla de la ventana. A través de cuatro o cinco maullidos, solicitaba permiso para entrar. Dale, dejalo pasar, que en sus ojos se le ven las ganas de cruzar lo prohibido, aseguraba Alicia. Pero yo no le permitía el ingreso. Alicia sufre de principios de asma. Al partir, olvidó su respirador. El aparatito ahora adorna un hueco del buró, entre el Rivotril y las aspirinas.

X

Apago la computadora. El piano dibuja círculos de porcelana. Una canción sobre libros no leídos y cuadros olvidados. Enrollo yerba en papel cigarro sabor vainilla. Alicia odiaba el papel de sabores. Prefería fumar en papel natural, o mejor en pipa. Un día compramos una pipa color azul metálico a un costado de la Catedral, con los hippies. Recién habíamos llegado de Argentina, ya lo recuerdo. Le pregunté su opinión de la ciudad. Y sí, es lindo, pero aunque odie a los porteños, Buenos Aires siempre será el ombligo de América, ¿viste?.

XI

Cambio el disco. La voz aguardentosa de Cobain raspa mis oídos. Sorbo profundo. Exhalo. El humo se esparce lentamente formando zetas. Mi cuerpo se relaja pero no veo arcoiris, ni estelas de aluminio. Sólo recuerdos. Con el siguiente pago mensual de la beca fuimos a Cuba. Una noche, en La Habana, entramos a la Casa de la Música. Dos cervezas Cristal al centro de la mesa. Una enorme pista de baile. Una veintena de negros tocando ritmos afro. Una mulata que no me quitaba la vista de encima. Alicia dijo que nos encontrábamos en el epicentro del turismo sexual, que en La Habana encontraría las tarifas más económicas del orbe, che, si las lolas de la mulata te llaman la atención, vos no deberías dejar pasar la oportunidad. La miré con un gran signo de interrogación que me cosquilleaba en el centro del hipotálamo. Ella continuó sorbiendo la boquilla de su cigarrillo con indiferencia, como si nada hubiese dicho. Horas más tarde, mientras yo regaba mi semen en los pechos de la mulata, me di cuenta que Alicia buscaba cosas distintas.

XII

Hacía días que no pensaba en Alicia. Esta tarde ha regresado a mi memoria con voraz impertinencia. Le pregunté por qué vendía postales de Buenos Aires en Villaguay. Respondió que qué más podía hacer en un pueblo jodido como ése. No me arrepiento de haberla traído a México. Ni que con los diez años de diferencia entráramos en un abismo de incompatibilidad. Antes hicimos una escala en la Pampa, en Santa Rosa. Un amigo me prestó su casa de campo en donde yo pretendía encerrarme diez días a terminar el poemario que debía de entregar de regreso a México a la fundación que me había extendido la beca. Desde entonces, y durante todo el tiempo que Alicia permaneció conmigo, no volví a escribir con regularidad. Hacíamos el amor varias veces al día. Nos entreteníamos alimentando a las gallinas y sacándole leche a la vaca. Entonces Alicia dijo que la leche de vaca era tan consistente como la leche de la madre. Por la tarde nos recostábamos en el pasto a fumar yerba; mirábamos a lo lejos los campos y el lago de Santa Rosa. En las noches, bebíamos una botella completita de fernet Branca mientras observábamos las estrellas del sur. Allá pertenezco, dijo Alicia la noche antes de partir, extendiendo su dedo índice. No supe si se refería a una estrella en particular, o a toda la constelación.

XIII

Si de muertes se trata, me gusta contemplar cómo muere la tarde. Sobre todo en verano, cuando el sol alcanza un resplandor efervescente. Escucho la regadera del departamento contiguo. Cierro los ojos. Los sonidos se mezclan. Se confunden con los de mi propio baño. Cuando, apenas en la primavera pasada, Alicia se refrescaba por las tardes porque no soportaba el cuerpo pegajoso. Decía que la purificación del cuerpo es un asunto interno y externo. Mientras, yo miraba como moría el sol de primavera que es menos ansioso que el de verano. Alicia pretextaba haber olvidado cualquier cosa: la toalla, el jabón, el shampoo. Me jalaba. La ropa inmediatamente se me adhería al cuerpo. Alicia colocaba las manos en las llaves de la regadera, se inclinaba y me pedía que la penetrara por atrás: nene, dame por el culo, venite dentro de mí.

XIV

Ahora el mundo es raro. Las estaciones actúan de una forma extraña. La tarde-noche trae consigo una esporádica estrella que se asoma entre cables y antenas, y un ligero viento que juega con hojas de árboles y cortinas de ventanas. Alicia decía que en la sociedad occidental nos aferramos de una forma terca al calendario gregoriano, pero que en verdad la primavera ya no es primavera, ni el verano es verano. Che, pensalo bien, añadió, si la materia sufre transformaciones, si el sistema solar viaja a través del universo, nos hemos movido, hace siglos que seguramente ya no tenemos la misma posición en el sistema solar, ¿viste? El calendario chino es más confiable, concluyó. El susurro del viento menea el Obelisco de Corrientes. La postal está recargada en una pequeña figurita del Che que trajimos de Cuba. Alicia me ofreció la postal en tres pesos, levanté la cabeza para mirarla y enmudecí. Luego ofreció regalármela si le invitaba a sentarse en la mesa. Bebimos una Quilmes. Después de la Pampa fuimos a Baires. Traté de escribir los poemas en el camión que nos llevó a Capital Federal. Alicia dijo que para qué escribía poemas, che, si los poetas sólo se la pasan construyendo un mundo interminable y fingido.

XV

Alicia trataba de evitar por todos los medios que escribiera. Justo cuando me sentaba frente al monitor, me jalaba de la mano hasta la puerta. No podés escribir, si vos no ha vivido nada, decía. Recorríamos todo Álvaro Obregón, por el camellón, hasta Insurgentes. En cada fuente se detenía a mojarse la cabeza, se acariciaba el cabello con gracia, como si fuese una pequeña niña. Y es que a sus veintidós años no me parecía otra cosa. Después, sentados en una banca del Parque Juan Rulfo, sacaba un libro que cargaba entre la ropa, extraído al azar de mi biblioteca, y me leía varios fragmentos sueltos. De regreso nos deteníamos en un café en la esquina con Mérida. Alicia regularmente ordenaba un té de infusiones con nombres raros. Recuérdalo, es parte de romper con las cacofonías de la vida, me decía al ver que la miraba con intriga. Le pregunté sino se aburría conmigo, y respondió que eso nunca le ocurría a ella.

XVI

Perdí la beca y tuve que buscar un trabajo. Al principio Alicia permanecía todo el día en casa. Al regresar, por la tarde, la encontraba tendida en el sillón amarillo con varios libros. Leía con vehemencia. Los iba escogiendo en el orden en que estaban acomodados en el librero, de arriba para abajo. Rato después, cuando me sentaba frente al monitor, ocurría lo de que me jalaba de la mano y me llevaba hasta la puerta: no podés escribir, si vos no ha vivido nada. Un día, sentados en una banca del parque Rulfo, después de haberme leído unos fragmentos de Camilo José Cela, le pregunté si buscaba algo particular en los libros. Respondió que trataba de vivir a través de ellos.

XVII

Cuándo iba en el último estante de libros, Alicia sacó más de mil postales que tenía guardadas en su maleta. Le dije que estaba loca si pretendía que alguien le comprara postales argentinas en Ciudad de México. Recorría Madero, de Plaza de la Constitución a La Alameda. Engatusaba a los turistas. Le daban hasta cinco y diez pesos por cada una. Entonces se atravesaba a las librerías que están frente a Bellas Artes y regresaba a casa con un libro nuevo que leía durante toda la tarde, cuyas frases me compartía luego, sentados en el parque Rulfo.

XVIII

La tarde casi se ha ido. El reloj abre sus manos marcando cuarto para las ocho. El cielo se encuentra en ese punto medio en que la luz ha perdido su intensión, y la noche no le ha arrebatado del todo el dominio de la intemperie. El departamento está en penumbra. La voz de Cobain cesó hace un par de minutos. En la primavera, a estas horas Alicia hubiese dado vuelta al pasador de la puerta. Cuándo terminó de leer todos los libros de mi estantería, modificó la rutina. Se terminaron los paseos al parque Juan Rulfo. Nunca decía a dónde iba, de dónde venía.

XIX

Bajo las escaleras. Camino por el camellón de Obregón hasta Insurgentes. Las fuentes están secas. Hace días que el agua no brota de su centro. Miro el parque Juan Rulfo a la distancia. Se me revuelve el estómago. Me pregunto a quien le leerá fragmentos ahora. Camino de regreso. Sentado en el café, me atrevo a pedir una infusión de té, de esos sabores raros que ordenaba Alicia. En la mesa contigua reconozco la cara de un escritor que acabo de ver en la solapa de uno de los libros de mi biblioteca. No recuerdo su nombre. Al echar un vistazo al lugar, descubro que cada mesa está adornada con un servilletero, un cenicero y un florero en cuya base se recarga una postal: Caminito en la contigua, Parque Rivadavia en la otra, el Cementerio de la Recoleta en la de más allá.

XX

Subo al departamento. Debo de reconocer que la extraño. Que ese cuerpo con olor a mina provinciana se ha quedado impregnado en mi nariz. Cojo la postal del Obelisco, conciente de que es la única forma que tengo de aferrarme a ella. Resbala de mis dedos. Cae boca abajo. Veo unas letras que no recuerdo: Che, gracias por todo, por tus dedos recorriendo mi cuerpo. Vos sos muy lindo. En tus libros no encontré lo que busco. Me voy para Colonia del Sacramento. Besos. Chao. Camino hasta la computadora. La enciendo. Me pregunto si este cuento estará listo algún día.

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DATOS DEL AUTOR:

Rubén Don. Escritor y periodista. Nació en la ciudad de México en 1977. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha sido corresponsal en México de la Agencia Internacional de Noticias Literarias Librusa, colaborador del suplemento Arena del periódico Excélsior, editor web y colaborador de las revista Conozca Más y PC Magazine. Ha publicado la novela La consecuencia de los días (UACM, 2005), Premio Nacional de Narradores Jóvenes 2005; y Negativos extraviados en el placard (Amarillo Editores, 2006). Actualmente es colaborador de la revista Swishy y escribe a cuatro manos la novela Casa de campo con el escritor argentino Alejandro Cavalli.