Italiana
de nacimiento, aunque reside en Nueva York desde hace años,
Vanessa Beecroft (Génova, 1969), es una de las figuras indiscutibles
del panorama actual.
La
artista trabaja la imagen de la mujer formando cuadros vivientes,
creando unas obras provocadoras e intrigantes, bellas y descabelladas,
efímeras aunque apresadas, en parte, por la fotografía
y el video.
Su
trabajo se exhibe en galerías, museos y centros de arte de
todo el mundo materializado en fotografías y videos. Imágenes
capturadas de unas acciones artísticas o performances previas,
que son el eje central de su obra.
Al
ser la performance, un acto fugaz, necesita de la fotografía
y el vídeo para registrarse. Aunque estas imágenes obtenidas,
no dejan de ser documentos incompletos. Es decir, son visiones parciales
de la verdadera obra de arte, la performance, compuesta por otros
elementos psicológicos y ambientales imperceptibles por medios
mecánicos.
La obra de Beecroft está muy vinculada al universo femenino,
ejecuta normalmente sus performances con grupos de mujeres [Nota
1], desnudas o semidesnudas, que expresan un arquetipo
de belleza similar. Que responde a patrones muy concretos y a ciertos
rangos de edad. Una selección nada casual, con una vinculación
con la propia artista [Nota
2].
Normalmente
utiliza modelos delgadas, que en ocasiones recuerda a la modelo de
pasarela desposeídas de su función de percha [Nota
3]. Privadas de cualquier elemento que pueda expresar su
individualidad, uniformadas y homogeneizadas, permanecen atentas a
las órdenes de Beecroft.

Sin
poder hablar, sin poder moverse de su emplazamiento, sin poder comunicarse
con el público, un pequeño ejército femenino
posa obediente. Como estáticas divinidades ensimismadas, alejadas
de la realidad, ajenas a su entorno, ignorándolo pero interactuando
inevitablemente con él con su presencia. Estas relaciones emocionales
son básicas en la obra de Beecroft, sus trabajos se basna en
las relaciones que se establecen entre las modelos y el público,
entre cada uno los individuos y en el conjunto. Y a la vez, todo este
proceso interrelacionado nace de la interacción de las propias
modelos con ellas mismas.
Vanesa Becroft comenzó a realizar estas performances en 1993,
porque tenía la sensación de que la pintura no era el
medio más adecuado para retratar fielmente a un sujeto que
está vivo. Pero su vinculación con la pintura y la escultura,
ha seguido estando muy presente. Según ella, sus obras son
pinturas que se desarrollan lentamente en el tiempo. Y aquí
anunciamos un factor determinante en su trabajo, el tiempo.
Las imágenes durante la performance, van cambiando. El tiempo
ejerce de actor importante en las obras de Beecroft, desmontando el
orden preestablecido. La artista juega con ello. Dicta las condiciones
y permite que el cansancio de las modelos, producido por una larga
[Nota 4] e incómoda
sesión, desmenuce y haga decaer la formación inicial.
Las frías y artificiosas imágenes, terminan doblegadas,
trasformadas en iconos más mundanos. Abatidas mujeres, aburridas,
sin fuerzas, derrotadas, que miran al infinito y que terminan sentadas,
en cuclillas o tumbadas.
Como
en las conocidas imágenes de VB53, la performance
realizada en un invernadero de cristal y hierro, el Tepidarium de
Roster en el Giardino dell’Orticultura de Florencia,
en junio de 2004. Donde, obligadas por el cansancio, las veintiuna
modelos vestidas únicamente con unas sandalias de tacón
terminan tumbadas o sentadas sobre un montículo de tierra oscura,
color café. Y en consecuencia, manchando su cuerpo desnudo.
Manos, codos, muslos, rodillas, glúteos aparecen sucios, con
restos de tierra, dando una mayor sensación de decrepitud,
de ser el final de un proceso, proporcionándole a la performance
un efecto más dramático, más teatral.
En su obra hay un componente autobiográfico muy marcado, con
ciertas pinceladas obsesivas sobre el aspecto de la mujer [Nota
5]. La delgadez, la apariencia física, el cuerpo
femenino, y la observación del mismo por parte de la sociedad
y de la propia mujer. Un universo que aflora en toda su obra y que
está fuertemente enraizado en la sociedad occidental, fruto
de nuestros anhelos y obsesiones, mezcla de deseo e imposición.
El
espectro de la anorexia frecuentó su adolescencia y juventud,
el control obsesivo del alimento ingerido, y el ejercicio físico
más allá de cualquier límite fueron constantes
en etapas anteriores de su vida. Incluso llegó a realizar un
diario alimenticio en el que detalló cada bocado dado entre
1983 y 1993, acompañándolo con notas, sobre las sensaciones
de culpabilidad, las visitas psiquiátricas, los comentarios
sobre sus padres, etc.
Esta recopilación obsesiva, casi patológica, es una
pieza capital que marca el inicio de su carrera en 1993 y establece
muchas pautas que se irán repitiendo a lo largo de su trayectoria.
En su primera exposición individual, celebrada en la galería
Inga-Pinn de Milán, Beecroft mostró una serie de acuarelas
[Nota 6] acompañadas
de textos correspondientes a su diario. Ni el diario ni estas acuarelas
íntimas habían sido pensadas para mostrarse en público,
eran una vía de escape privada, una respuesta terapéutica
a sus obsesiones.
Cuando Beecroft decidió exhibir estas
huellas de su lucha contra la anorexia, quiso además elegir
a parte de los asistentes. Confeccionando una performance muy sencilla
y elemental, pero que reforzaba aún más el elemento
autobiográfico. Seleccionó a un grupo de mujeres que
había visto en la calle, muchas de ellas elegidas por su semejanza
con la propia artista. Un vez en la galería, Beecroft modificó
el aspecto de esas treinta muchachas vistiéndolas con ropas
suyas y haciéndolas visualmente más homogéneas,
y les indicó que se movieran alrededor del espacio, sin hacer
ruido, guardando cierta distancia entre ellas. A esta performance
la llamó VB01 (Vanessa Becrooft 01), a partir de ahí,
siguiendo la misma pauta, numeró cronológicamente todas
sus performances (VB01, VB02, VB25, VB45,
etc).
A
pesar de todo lo dicho sobre sus obsesiones y problemas de juventud,
que han dejado indudablemente una fuerte impronta en su obra, no hay
un mensaje prefijado. Cada persona puede pensar lo que quiera, vivir
la experiencia a su modo y sacar sus conclusiones particulares.
Beecroft
es muy coherente con su trabajo, no reivindica nada, no lucha públicamente
contra nada. En sus performances muestra el cuerpo femenino una y
otra vez, pero sus razones son más artísticas y expresivas
que literarias o sociales. Y si hay algún contenido de fondo,
este no es otro que la normalización del desnudo y del cuerpo
de la mujer, siempre con un punto de provocación, pero sin
abanderar ninguna causa.
Nota
1: A excepción de dos performances, en las que contó
con modelos masculinos. VB39, realizada en 1999 en el Museo
de Arte Contemporáneo de San Diego y de VB42, que
tuvo lugar en el año 2000, en el Space Museum de Nueva York.
Nota 2: Vanesa Beecroft
busca que sus modelos se identifiquen con ella misma, para ello antes
de ser seleccionadas deben superar numerosos cuestionarios.
Nota 3: En principio
las modelos para sus performances eran voluntarias ahora cuenta con
profesionales. Su reputación ha ido creciendo y con ella el
presupuesto con el que cuenta. En la actualidad también trabaja
con maquilladores profesionales y, apuntándose a la estela
de su fama, diseñadores de renombre como Prada, Tom Ford, Helmut
Lang, Dolce & Galbana o Manolo Blahnik, entre otros, han prestado
o creado muchas de las ropas y los complementos que usan las modelos
durante sus performances.
Nota 4: Por ejemplo,
en VB46, performance realizada en Los Ángeles en 2001.
Beecroft dispone a veinte mujeres en silencio, todas con el sexo depilado,
pelucas rubias, las cejas teñidas de rubio, los labios pintados
de un color pálido y zapatos de tacón blancos, durante
tres horas en una sala de la Galería Gagosian.
Nota 5: Su trabajo,
como ya hemos apuntado, tiene mucho de autobiográfico. Sus
performances, son autorretratos en los que cede el protagonismo a
unas modelos, pero a las que sin embargo traspasa todos sus miedos,
ansiedades y obsesiones.
Nota 6:
Se trata de una colección de dibujos y acuarelas de muchachas
que luchan contra desórdenes alimenticios. Dibujos muy simples
y esquemáticos, casi infantiles, pero que reflejan dolorosamente
sus obsesiones y fantasmas.
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DATOS DEL AUTOR:
Marc Montijano Cañellas (n. 1978, Vic,
Barcelona) es licenciado en Historia del Arte por la Universidad de
Málaga, y Experto en Organización y Gestión de
Empresas Culturales por la Universitat Oberta de Catalunya. Tiene
una amplia experiencia académica y profesional en diversas
instituciones y empresas culturales. Es fundador y codirector del
portal de Arte y Cultura Homines.com.