
NOVEDADES
BIBLIOGRÁFICAS
El
Juego del Ángel
Carlos Ruiz Zafón,
Editorial Planeta, Barcelona, abril, 2008
En
la turbulenta Barcelona de los años 20 un joven escritor obsesionado
con un amor imposible recibe la oferta de un misterioso editor para
escribir un libro como no ha existido nunca, a cambio de una fortuna
y, tal vez, mucho más.
Se narra la tragedia de un hombre que está roto desde el inicio,
ya que ha perdido a su padre y luego a su madre de una forma aún
más terrible. Las cartas que le sirve el destino le llevarán
a enfrentarse a un dilema moral al que responde en buena medida intentando
tratar al mundo del modo en que cree que el mundo le ha tratado a él.
David Martín, el protagonista de El juego del ángel,
es un aprendiz de periodista de diecisiete años con vocación
de escritor policíaco. Trabaja en ‘La voz de la industria’,
un periódico de Barcelona en el que le introdujo su padre, vigilante
nocturno. Es aqui donde el director, Don Basilio, a instancias de Pedro
Vidal, su 'padrino' literario, le permite escribir su primer serial
por entregas, Los misterios de Barcelona. Su futuro, no obstante, no
es muy halagüeño hasta que, un buen día, recibe un
pergamino con un sello de lacre con una silueta de ángel que
le convoca a una extraña cita.
Entrará entonces en contacto, sin buscarlo, con un editor de
París, Andrea Corelli, quien parece saberlo todo sobre él
y le hace un encargo excepcional: quiere que Martín le dedique
un año de su vida para escribir un libro de encargo.
1
Un
escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un
elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que
siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y cree que, si
consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño
de la literatura será capaz de poner techo sobre su cabeza,
un plato caliente al final del día y lo que más anhela:
su nombre impreso en un miserable pedazo de papel que seguramente
vivirá más que él. Un escritor está
condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está
perdido y su alma tiene precio.
Mi
primera vez llegó un lejano día de diciembre de 1917.
Tenía por entonces diecisiete años y trabajaba en
La voz de la Industria, un periódico venido a menos
que languidecía en un cavernoso edificio que antaño
había albergado una fábrica de ácido sulfúrico
y cuyos muros aún rezumaban aquel vapor corrosivo que carcomía
el mobiliario, la ropa, el ánimo y hasta la suela de los
zapatos. La sede del diario se alzaba tras el bosque de ángeles
y cruces del cementerio del Pueblo Nuevo, y de lejos su silueta
se confundía con la de los panteones recortados sobre un
horizonte apuñalado por centeneres de chimeneas y fábricas
que tejían un perpetuo crepúsculo de escarlata y negro
sobre Barcelona
El
Laberinto de la rosa
Titania Hardie, Editorial
Suma, Madrid, abril, 2008
Antes
de su muerte en 1609, el brillante espía, astrólogo y
matemático isabelino John Dee esconde muchos de sus documentos
pensando que el mundo no estaba aún preparado para las ideas
que éstos contenían. En la primavera de 2003, la última
heredera y guardiana del secreto debe pasar el enigmático legado
a uno de sus dos hijos. Diana, que así se llama la última
heredera, lega en su testamento los misteriosos escritos y una sencilla
llave de plata al menor de los hermanos. La tradición familiar
establece que dichos objetos pasen de madres a hijas, pero ella, al
tener únicamente hijos varones, se devana los sesos durante las
últimas semanas de su vida para decidir qué hacer con
aquellas curiosas menudencias sin valor aparente que habían permanecido
en el seno de la familia durante generaciones. Tal vez debería
recibirlas Alex, pero siempre ha estado muy unida a Will, y aunque la
verdad ama por igual a ambos, ella se aferra al presentimiento de que
éste último es el destinatario más idóneo.
El documento parece tener mucho que decir.
Prólogo
Abril de 1600, día de San Jorge, en una posada en el camino
a Londres
Un anciano de barba blanca como la nieve se sienta a la cabecera
de la mesa situada junto al fuego de un comedor. Mantiene la cabeza
gacha y aferra un objeto oscuro y brillante con los finos dedos
de su mano derecha. Ante él tiene una mesa cubierta de pimpollos
de Rosa mundi, con sus pétalos blancos salpicados de rosa
intenso, por lo cual quienes se acomodan en torno a ella saben que
cuanto ocurra allí es secreto, la unión del espíritu
y el alma de todos los presentes y el nacimiento de algo único,
por el cual esperan: el Hijo del Filósofo. Ellos permanecen
reunidos en silencio a la espera de sus palabras, a diferencia de
los huéspedes de las habitaciones contiguas de la posada,
que arman un gran bullicio detrás de las puertas cerradas
a cal y canto. Una puerta se abre y se cierra con suavidad, y un
arrastrar de pies rompe de pronto el silencio. Un sirviente pasa
casi desapercibido al entrar y deposita una nota en las delicadas
manos del anciano. Él la lee con lentitud, frunce el ceño
y en su frente alta, sorprendentemente lisa para un hombre de su
edad, se dibuja una arruga sombría. Después de un
largo rato, observa una por una las caras de quienes se reúnen
en torno a la larga mesa y habla al fin con una voz apenas más
audible que cuando pronuncia la oración de vísperas.
—Hace algún tiempo, en el mes de las luces, el Signor
Bruno fue quemado en la hoguera en Campo dei Fiori. Le habían
concedido cuarenta días para abjurar de sus herejías:
afirmar que la Tierra no era el centro de este universo, que había
muchos otros soles y planetas más allá del nuestro,
y que la divinidad de nuestro Salvador no era tal, en sentido estricto.
Los monjes le ofrecieron besar un crucifijo en señal de arrepentimiento
por los errores cometidos, pero él miró hacia otro
lado. Como muestra de piedad, las autoridades eclesiásticas
colocaron un collar de pólvora alrededor del cuello antes
de encender el fuego para que explotase y de ese modo acelerar el
fin. También le fijaron la lengua a la mandíbula para
impedir que siguiera hablando. —El anciano dirige la vista
a cada uno de los hombres con quienes comparte la cena y espera
unos instantes antes de retomar la palabra—. En consecuencia,
ahora la trama comienza a desvelarse para algunos de nosotros, y
aquí comienza otro viaje. —Sus ojos se dirigen a un
hombre encorvado sobre una jarra, situado al otro lado de la mesa,
a la izquierda. Su vecino le propina un leve codazo y le susurra
un aviso para alertarle acerca de la mirada del hombre que habla,
puesta únicamente en él. Los dos hombres se miran,
como petrificados, hasta que el más joven permite que una
sonrisa a medias suavice sus rasgos, lo cual impulsa al anciano
a seguir hablando con aplomo—. ¿Existe alguna manera
de utilizar la fuerza implacable de nuestra inteligencia para mantener
sus ideas de amor y armonía universal tan frescas como el
rocío? —pregunta con un tono más enérgico—.
¿Será posible que triunfen Los trabajos de amor
perdidos?
Últimas
sesiones con Marilyn
Michel Schneider, Editorial
Alfaguara, Madrid, marzo, 2008
Schneider
ha retratado a Marilyn en lo que él describe como ‘una
novela falsa, una narración en la que todo es verdad y real,
pero nada exacto’. En ella se mezcla el Hollywood dorado con el
infierno. Aquel lugar que parecía un Olimpo de plástico,
donde todo el mundo pasaba por el diván. Un mundo de espejismos
en el que algunos quedaron atrapados por identidades confusas: las que
salían del cinemascope y las reales, que nadie se atrevía
a tocar. De eso sufrió Marilyn desde que empezó a triunfar.
El libro descubre a una Marilyn distinta: culta y sensible, ansiosa
por conocer una verdad que no veía en el espejo. Una mujer curiosa
y en permanente busca de cariño, que justificaba su etapa de
prostituta diciendo que no podía acostarse por el dinero de nadie
si no había un poco de amor por medio. Una chica que temía
la noche, a la que le gustaba hacer el amor de día y de pie,
alejada del cliché de muñeca sin cerebro con el que muchos
la veían, como Joseph L. Mankiewicz. Un día, el director
que le había dado un pequeño papel en Eva al desnudo se
la encontró en una librería y la disparó con esta
humillación: ‘Pero, estos libros que te has comprado, ¿de
verdad los vas a leer?’. Por supuesto. La chica a la que él
y directores como él despreciaban por ser ‘demasiado Hollywood’,
claro que leía. Era una autodidacta plena. Viajaba con 400 volúmenes
a cuestas y había estudiado ya a Freud con 21 años. ‘Algo
muy poco común’. Aunque también es cierto que en
la maleta había hueco para botellas y dosis de barbitúricos
y tranquilizantes.
Una de las personas que más se acercó a ella fue su psicoanalista
Ralph Greenson. El 4 de agosto de 1962, con la muerte de Marilyn se
truncaba una relación de treinta meses en la que él fue
testigo privilegiado del naufragio emocional de una mujer perdida, solitaria
y consumida por su imagen pública. A partir de aquellas sesiones,
y a caballo entre la realidad y la ficción, Schneider busca descifrar
el misterio insondable que escondía el mito más seductor
y trágico que ha dado el séptimo arte.
Los Angeles, Downtown, calle 1 Oeste, agosto de 2005
REWIND.
Volver a poner la cinta a cero. Empezar de nuevo con toda la historia.
Repasar la última sesión de Marilyn. Las cosas siempre
empiezan por el final. Me encantan las películas que se abren
con una voz en off. En la imagen no hay casi nada: una piscina en
la que flota un cuerpo, la copa de las palmeras agitadas por un
temblor, una mujer desnuda bajo una sábana azul, destellos
de cristal en la penumbra. Y alguien que habla. Consigo mismo. Para
no sentirse solo. Un hombre que huye, un detective privado, un médico
—o un psicoanalista, ¿por qué no?— que
cuenta su vida desde el otro mundo. Hablando de lo que le ha llevado
a la muerte, evoca aquello por lo que ha vivido. Su voz parece decir:
«Escúchame porque yo soy tú». Es la voz
la que crea la historia, no lo que se nos cuenta.
Voy
a intentar explicar esta historia. Nuestra historia. Mi historia.
Sería de lo más triste aunque pudiéramos suprimir
el final. Una mujer, ya un poco muerta, arrastra de la manita a
una niña triste. La lleva a ver al médico de la cabeza,
al médico de las palabras. Él la toma y la deja. Con
amor y dedicación, la escucha, durante dos años y
medio. No oye nada y la pierde. Sería una historia triste
y siniestra a la que nadie le arrancaría la melancolía:
ni siquiera esa sonrisa con la que Marilyn parece disculparse por
ser tan guapa.
Bajo
el título REWIND, subrayado tres veces, podía leerse
este breve fragmento de un relato inacabado. Escritas a mano en
fecha desconocida, estas líneas fueron encontradas entre
los papeles del difunto doctor Ralph Green son, último psicoanalista
de Marilyn Monroe. Fue su voz la que escuchó el agente de
policía Jack Clemmons, de guardia en la comisaría
de West Los Angeles durante la noche del 4 al 5 de agosto de 1962,
cuando una llamada procedente del barrio de Brentwood sonó
a las cuatro y veinticinco de la mañana. «Marilyn Monroe
ha muerto de una sobredosis», declaró una apagada voz
masculina. Y cuando el policía, pasmado, preguntó:
«¿Qué?», la misma voz, forzada y casi
enfática, repitió: «Marilyn Monroe ha muerto.
Se ha suicidado» .
El
libro del aire y de las sombras
Michael Gruber, Editorial
Alfaguara, Madrid, marzo, 2008
El
sótano de una selecta librería de libros antiguos, en
Nueva York, esconde un tesoro de significación universal. La
joven empleada Carolyn Rolly acaba de dar él. Pero Carolyn desaparecerá
sin dejar rastro. Tiempo después, el mismo manuscrito llegará
a manos de un peculiar abogado de la propiedad intelectual, Jake Mishkin.
Quien sepa descifrar este manuscrito del siglo XVII, escrito por un
hombre llamado Richard Bracegirdle, tendrá en sus manos un conocimiento
que desde hace siglos se disputan eruditos y profesores, artistas e
investigadores. Un conocimiento inasible y huidizo, sobre la vida y
la obra del más importante dramaturgo de todos los tiempos que,
sin embargo, y a diferencia de otros grandes genios, se fue de este
mundo sin dejar rastros, pistas, cartas o documentos que nos hablen
de él.
‘Supongamos que descubro un manuscrito de una obra literaria perdida…’
Esta pregunta casual, que el abogado Jake Mishkin escucha una tranquila
tarde de octubre en su despacho de Nueva York, se convierte en la llave
de un asunto apasionante, una pesquisa que alcanza el remoto pasado
y avanza en el peligroso presente. Hasta ese día, Mishkin vivía
una existencia normal, a pesar de sus tropiezos familiares y del peso
de una infancia difícil, marcada por un padre violento y, afortunadamente,
en paradero desconocido.
Y Mishkin, todo un héroe en parte amoral, en parte erudito y
en parte un corpulento fenómeno de gimnasio, es un individuo
con olfato. La pregunta que acaba de formularle su nuevo cliente, el
profesor británico Andrew Bulstrode, esconde algo que este mismo
erudito en Shakesperare, proveniente de Oxford e invitado en la Universidad
de Columbia, se niega a revelar. Pero la confidencialidad –y la
sinceridad- entre abogado y cliente deben ser absolutas. No obstante,
Mishkin acepta guardar en una caja de seguridad un sobre que contiene
una serie de folios. Todo lo que sabe de su contenido es que se trata
de una serie de cartas escritas en 1642. ¿Es esta ‘la obra’
a la que se ha referido Bulstrode? La respuesta del profesor es sugerente:
no es exactamente la obra, pero en él se esconden las pistas
que señalan la ubicación actual de la que sí es,
sin lugar a dudas, ‘La Obra’. Una obra que al parecer Shakespeare
escribió y de la que hasta el día de hoy no se ha tenido
noticia. Días después, Bulstrode es cruelmente asesinado.
Estafadores y falsificadores, eruditos y mafiosos. La antigua trama
que intentó acabar con William Shakespeare regresa dentro de
otra no menos potente: Mishkin, Albert Crossetti, su madre documentalista,
su amigo ex espía polaco, su amada Carolyn… Todos forman
parte de un relato de suspense a vida o muerte, de una historia antigua
que también les hará reflexionar sobre sus propias historias,
sobre los oscuros episodios del pasado y sobre la voluble y trágica
condición humana que tan magistralmente Shakespeare comprendió.
Una carrera a vida o muerte se desata entre el siglo XVII y nuestros
días tras el rastro de un manuscrito de incalculable valor que
puede iluminar un pasado lleno de secretos.
Tecleo y las palabras aparecen en esta pequeña pantalla,
y no sé quién las leerá. Podría estar
muerto para el momento en que alguien vea esto, tan muerto, digamos,
como Tolstói o Shakespeare. ¿Importa, cuando lees,
si la persona que escribió todavía vive? Yo creo que
sí. Si lees algo de un escritor vivo, al menos en teoría,
puedes enviarle una carta, puedes establecer una relación.
Creo que muchos lectores sienten de esta manera. Algunos lectores
también les escriben a los personajes de ficción,
lo que resulta un poco siniestro.
Pero claramente todavía no estoy muerto, aunque es algo que
podría cambiar en cualquier momento, una de las razones por
las que escribo esto. Es un hecho del oficio literario que el escritor
nunca sabe el destino del texto que escribe, dado que el papel es
bueno para muchos otros usos aparte de soportar hileras de palabras,
ni tampoco son las minúsculas cargas electromagnéticas
que estoy creando en este ordenador portátil inmunes a los
insultos del tiempo. Bracegirdle está definitivamente muerto,
después de sucumbir a las heridas recibidas en la batalla
de Edgehill en la guerra civil inglesa, en algún momento
a finales de octubre de 1642. Creemos. Pero muerto de todas maneras,
si bien antes de morir compuso el manuscrito de cincuenta y dos
páginas que más o menos ha jodido mi vida, o acabado
con ella, no sé todavía qué. O quizá
tenga más culpa el despreciable profesor Andrew Bulstrode,
porque él dejó caer aquello en mi regazo y después
fue asesinado, o podría culpar a mi amigo Mickey Haas, mi
viejo compañero de habitación en el College, que me
mandó a Bulstrode. Mickey todavía está vivo
hasta donde sé. O la muchacha, la mujer debería decir,
ella tiene que cargar con una parte, porque seriamente dudo que
me hubiese metido enesto como lo hice de no haber divisado su largo
y blanco cuello saliendo del jersey allí en la sala de lectura
Brooke Russell Astor de la Biblioteca Pública de Nueva York,
y haber querido besarlo hasta que me doliera la mandíbula.
También Albert Crosetti y su peculiar mamá y su todavía
más notable novia Carolyn, si es que es la novia, todos descubridores,
y exégetas, y descifradores, de Bracegirdle, mi némesis,
sin los cuales...
No me olvido de los verdaderos villanos, pero en realidad no puedo
culparlos. Los villanos están simplemente allí, como
el óxido, apagados y casi químicos en la estúpida
simplicidad de su codicia u orgullo. Es notable la facilidad con
la que se los puede evitar, y lo a menudo que fracasamos en hacerlo.
Por no mencionar a María, reina de los escoceses (hablando
de estúpidos), una conspiración más añadida
a su cuenta, incluso si en este caso lo único que hizo fue
existir.
Vivir
adrede
Mario Benedetti, Editorial
Alfaguara, Madrid, febrero, 2008
¿Nos
traicionan nuestras propias huellas? ¿Qué diferencia hay
entre un suicida inevitable y uno vocacional? A través de planteamientos
como éstos, este libro reflexiona sobre la vida. La vida de los
que aman y los que matan; de los que creen en Dios o le dicen ’adiós’;
de los que abrazan y de los que oprimen; del condenado a muerte y de
aquellos cuya existencia es la condena. Y lo hace con la profundidad
que sólo pueden lograr las palabras más sencillas.
Mario Benedetti aborda en Vivir adrede una amplia variedad de temas.
Son, en gran parte, temas universales como la vida o la muerte, el amor.
Pero de manera muy especial, el autor se decanta por temas sociales,
denunciando guerras, torturas y toda clase de injusticias. También
abundan las críticas al imperialismo y la globalización,
así como la denuncia de la pobreza y la miseria. Las religiones,
el amor, la memoria, el paso del tiempo, el exilio y la muerte son otros
de los temas que el autor toca en este libro.
Este ensayo es un gran descubrimiento para los lectores de Benedetti
y para aquellos que quieran conocer la obra del gran autor uruguayo.
Una lectura que cautiva, entretiene y sorprende palabra a palabra.
1. Color del mundo
Millones y millones. En todas las monedas. Eso es lo que nos cuesta
averiguar si hay seres vivientes (Adanes y Evas, serpientes o gorilas,
árboles o praderas) en planetas de roca o quién sabe
de qué, en tanto que en este planetito con vida miles de
niños mueren de hambre civilizada.
Los sentimientos
se deslizan, a veces se refugian en guaridas de amor, pero cuando
emergen al aire preso o libre, dan el color del mundo, no del universo
inalcanzable sino del mundo chico, el contorno privado en que nos
revolvemos.
Gracias
a ellos, a los sentimientos, tomamos conciencia de que no somos
otros, sino nosotros mismos. Los sentimientos nos otorgan nombre,
y con ese nombre somos lo que somos.
2. El miedo
No se juega con el miedo porque el miedo puede ser un arma de defensa
propia, una forma inocente o culpable de coraje. El miedo nos abre
los ojos y nos cierra los puños y nos mete en el riesgo desaprensivamente.
Andamos por el mundo con el miedo a cuestas como si fuera un pudor
obligatorio o en su defecto una variante del fracaso.
Tal
vez sea el mandamiento o quizás el mandamiedos de alguna
desconocida ley, de un dios cualquiera. Por las dudas, una buena
fórmula contra el miedo puede ser la que dejó escrita
el bueno de Pessoa: «Espera lo mejor y prepárate para
lo peor».
La
llorona
Marcela Serrano, Editorial
Planeta, Barcelona, febrero, 2008
La
leyenda cuenta que La Llorona, es una mujer de pelo largo, ojos rojizos,
rostro de calavera, vestido sucio y enlodado que entre sus largos brazos
acuna a un bebé muerto y vaga por los ríos y selvas llorando
desconsoladamente. Se esconde entre quebradas, lagunas y charcos profundos,
donde se oye el chapaleo y sus gritos. Es el alma en pena de una madre
que para esconder su deshonra ahogó a su hijo recién nacido
en una quebrada, por lo que es la madre que deambula por los caminos
llamando a los hijos que ha asesinado. Conocemos a la protagonista de
esta novela por su llanto invisible, el de una madre que ha perdido
a su hija a los pocos días de nacer. ¿En qué la
convierte el destino: en asesina o salvadora? ¿Qué ocurrió
realmente en ese hospital con su pequeña? Unida a otras mujeres
en su misma situación buscará las respuestas, conseguirá
alzar su voz y rebelarse contra la adversidad.
Almuerzo
con vampiros
Carlos Franz, Editorial Alfaguara,
Madrid, enero, 2008
En
la soleada terraza de un restaurante de moda, rodeado por políticos
y artistas, el narrador recibe una noticia escalofriante: un hombre
al que hace treinta años vio morir podría estar aún
vivo. Acuciado por esa sospecha, el protagonista rememora la aventura
más extraña de su vida. Aquellas turbias semanas de los
años setenta durante las cuales, guiado por un misterioso y pícaro
‘maestro’, recorrió las noches barriobajeras de Santiago
de Chile buscando un chiste genial. Una broma legendaria y perdida que,
de ser hallada, no sólo los haría ricos al filmar una
superproducción mortalmente cómica, sino que les permitiría
cambiar de arriba abajo el siniestro ‘humor’ de su época.
Este libro es una parábola acerca de los cambios, a veces ridículos
y hasta brutales, que la madurez impone sobre los ideales de la juventud.
Y también es una sátira sobre la obsesión contemporánea
por la inmortalidad: esos hombres y mujeres rabiosamente bellos y prósperos
que quisieran vivir como si no pudieran morir. Como si fueran vampiros.
Carlos Franz nos ofrece una novela de riquísimos paralelismos
literarios y cinematográficos, de sugerentes alusiones a la cultura
universal y popular, cruzada a la vez por un humor tan negro como descarnado
que parodia, deliberadamente, el lenguaje grosero predominante en los
medios de nuestra época.
1. La dichosa terraza del presente, uno
No nos habíamos visto en los últimos veinte años,
o más. Vivo fuera de Chile y vengo a Santiago sólo
para las vacaciones en el verano austral. Pero fuimos compañeros
de colegio, compartimos esta ciudad —que ahora parece otra—
y nos frecuentamos en los remotos años setenta del siglo
pasado. Ahora nos acercamos a la cincuentena. Quizás por
eso, cuando hace poco nos citamos para almorzar, hablamos mayormente
del pasado, de lo que fue, de «nuestra época».
Sí, hay que reconocerlo: empleamos, sin advertirlo, esa expresión
nostálgica, dulzona y adictiva que la gente llegada a la
mediana edad empieza a usar para hablar de su primera juventud.
«En mi tiempo...», dicen (como si ningún otro
tiempo, salvo el de la juventud, pudiera pertenecerles). Y al decirlo
pareciera que su tiempo ya hubiera pasado. Como si ya estuvieran,
un poco, muertos.
Casi treinta años después de aquel tiempo que quizás
fue el «nuestro», entonces, nos encontramos para almorzar
en la terraza veraniega de Le Flaubert.
Este restaurante de moda en «la ciudad más próspera
de Latinoamérica». La que se ha erguido sobre las ruinas
de aquel otro Santiago, el de la dictadura (pero la dura, dura;
la tan dura que parecía que duraría para siempre).
Una ciudad olvidada que se hundió junto con tantas cosas
de esos años que merecían hundirse —y otras
que no.
Un
mundo sin fin
Ken Follet, Editorial Plaza
& Janés, Barcelona, diciembre, 2007
Se
trata de la secuela de ‘Los Pilares de la Tierra’, que se
publica casi dos décadas después, Follett vuelve a la
ciudad medieval de Kingsbridge, pero 153 años más tarde.
La vida de cuatro personajes en medio de años de guerra y, sobre
todo, de peste, constituye el eje de esta magnífica historia
de amor y odio, de ambición y venganza.
Un día después de Halloween de 1327, cuatro niños
se escabullen de ciudad de Kingsbridge. Son, Gwenda, hija de un ladrón,
que luchará por conseguir al hombre que ama; un abusón,
Ralph, violento y vengativo, que llega al poder gracias a sus proezas
en la guerra contra Francia; Merthin, un aprendiz de carpintero, se
convierte en el mejor arquitecto de Kingsbridge; y una niña Caris
que sueña con ser médico a pesar de ser una profesión
prohibida para las mujeres. Estos cuatro personajes ven en el bosque
como dos hombres son asesinados.
Al crecer, sus vidas se verán entrelazadas a causa de la ambición,
el amor, la codicia y la venganza. Conocerán la prosperidad y
el hambre, enfermedades y guerra. Uno de los chicos viajará por
todo el mundo para terminar volviendo a casa, mientras que el otro se
transformará en un noble poderoso y corrupto. Una chica desafiará
al poder de la Iglesia medieval y la otra perseguirá un amor
inalcanzable. Pero siempre vivirán bajo la alargada sombra del
asesinato que presenciaron de niños en aquel profético
día.
PRIMERA PARTE
1 de noviembre de 1327
Gwenda sólo tenía ocho años, pero no le temía
a la oscuridad.
Todo estaba como boca de lobo cuando abrió los ojos, aunque
no era eso lo que la inquietaba. Sabía dónde estaba,
en el priorato de Kingsbridge, en el alargado edificio de piedra
al que llamaban hospital, tumbada sobre la paja que había
esparcida en el suelo. Por el cálido olor lechoso que llegaba
hasta ella, imaginó que su madre, que descansaba a su lado,
estaría amamantando al recién nacido, al que todavía
no le habían puesto nombre. A continuación yacía
su padre y, al lado de éste, el hermano mayor de Gwenda,
Philemon, de doce años.
El hospital estaba abarrotado y aunque no llegaba a distinguir con
claridad a las otras familias que ocupaban el suelo del recinto,
hacinadas como ovejas en un redil, percibía el rancio hedor
que desprendían sus cálidos cuerpos. Faltaba poco
para que despuntaran las primeras luces del día de Todos
los Santos, fiesta de guardar que ese año además caía
en domingo, por lo que sería día de especial precepto.
Por consiguiente, la víspera había sido noche de difuntos,
azarosa ocasión en que los espíritus malignos vagaban
libremente por doquier. Cientos de personas habían acudido
a Kingsbridge desde las poblaciones vecinas, igual que la familia
de Gwenda, a pasar la noche en el interior de los recintos sagrados
del priorato para asistir a la misa de Todos los Santos con las
primeras luces del alba.
A Gwenda le inquietaban los espíritus malignos, como a cualquier
persona en su sano juicio, pero le preocupaba aún más
lo que tendría que hacer durante el oficio.
Con la mirada perdida entre las sombras, intentó apartar
de su mente el motivo de su angustia. Sabía que en la pared
de enfrente se abría una ventana arqueada, y a pesar de que
ésta carecía de cristal, pues sólo los edificios
más importantes estaban acristalados, una cortinilla de hilo
los protegía del frío aire otoñal. Sin embargo,
ni siquiera alcanzaba a distinguir la débil silueta grisácea
de la ventana. Se alegró; no quería que amaneciera.
Puede que no viera nada, pero sí llegaban hasta sus oídos
multitud de sonidos distintos, como el de la paja que cubría
el suelo y que susurraba constantemente cuando la gente se removía
y cambiaba de postura durante el sueño. El murmullo de unas
palabras cariñosas no tardó en acallar el llanto de
un niño que parecía haber despertado de una pesadilla.
De vez en cuando se oía a alguien farfullar, hablando en
sueños.
En algún lugar una pareja hacía eso que hacían
los padres pero de lo que nunca hablaban, eso que Gwenda llamaba
'gruñir' porque no sabía con qué otra palabra
describirlo.
Lagartija
sin cola
José Donoso, Editorial
Alfaguara, Madrid, noviembre, 2007
Este
libro recupera para los lectores la prosa clara y definitiva del escritor
chileno, José Donoso, así como algunas de sus obsesiones,
a través de una historia tan irónica como melancólica
sobre la pérdida de España bajo las hordas del turismo,
paralela a la de un artista que renuncia al arte, decepcionado por su
mercantilización.
Derrotado y escondido en Barcelona, el protagonista de esta novela,
el pintor Armando Muñoz-Roa, narra la historia de la fuga que
emprendió en compañía de Luisa, su prima, amante
y benefactora, tras abandonar con escándalo el movimiento informalista,
al que perteneció con cierto éxito. Solo, viejo y frustrado,
el artista recuerda sus años en el pueblo de Dors, al que intentó
rescatar del avance de la modernidad, y la decadencia de su propia familia,
amenazada también por el cambio de los tiempos.
Esta novela, que José Donoso empezó a escribir en 1973
y que abandonó por razones desconocidas, fue descubierta por
su hija, Pilar, entre los papeles que su padre vendió a la Biblioteca
de la Universidad de Princeton. El manuscrito original, que incluye
las correcciones del autor, fue revisado por el crítico Julio
Ortega, quien afirma haberse limitado a facilitar el acceso al texto.
Primera
parte
Esta mañana llamó Luisa diciendo que esta tarde,
al venir a visitarme, me traería buenas noticias. ¿Pero
qué pueden ser, ahora, para mí, buenas noticias?
¿Que ha resucitado
Bartolo, que nada de lo de Dors sucedió? ¿Qué
Lidia no está convertida en un harapo, a los veintinueve
años, perdida en algún sitio de la megalópolis
de Los Ángeles de California? ¿Que la crítica,
por fin, y los marchantes despachan a Cuixart y Tàpies
y Saura y Millares como impostores de la pintura, como imitadores,
y que entre todos era yo, en el fondo, el único que valía?
¿Qué de alguna inconcebible manera voy a tener mucho
dinero, muchísimo? No, que se desengañe la pobre
Luisa, incurablemente optimista: para mí ya no hay noticias
buenas ni alegría posible. Luisa me dice, y mi hijo también,
que salga alguna vez del piso, que cuando haga sol, en la mañana,
salga a dar una vuelta, que entre a una librería, a un
supermercado a comprar algo que me apetezca y después a
estirar las piernas un poco, afirmado en mi bastón. Pero
claro, no, es imposible. Quebrar el ciclo necesario que va desde
la mañana y la conciencia de haber despertado en el infierno
de este piso, que tal como yo quiero está aislado de todo
y donde no puede suceder nada, hasta caer el transcurrir el día
y aproximarse la oscuridad, en el sobresalto, el miedo, el terror;
luchar, al fin de la luz, cuerpo a cuerpo, contra el atardecer
para que así nada suceda, para impedir que sobrevenga la
tiniebla, esa tiniebla de que ellos hablaban allá como
la iniciadora de la vida verdadera, ese atardecer que era el pórtico
de la muerte, la hora de los sacrificios y la sangre con que celebraban
la muerte del día y el advenimiento de la noche, porque
lo que sucede en la noche después de la muerte del día
es lo que sucede en la otra vida, la verdadera vida, la vida que
no sucede aquí, en esta calle, entre estos coches, entre
estas señoras que han dado a luz y creen que por eso ya
no pueden conocer la tiniebla que lo hace todo posible y atreverse
a entrar a ella por el pórtico del atardecer... Bruno,
el italiano, sentado a la mesa de su café en la plaza de
Dors frente a la iglesia de San Hilario con su campanario de bíforas
románicas que se elevaban más y más alto,
me lo explicaba todo, y entonces yo sólo sonreía
diciéndome que éste era un carota que se quería
aprovechar de la situación y la ingenuidad para dominar
a todos los jóvenes y llegar a ser, como sucedió,
en dos años, el centro, la figura dominante y más
poderosa de Dors. Yo, claro, jamás tuve ese miedo y amor
casi religioso al atardecer que los jóvenes de Dors tenían.
Pero aquí me ha sucedido este extraño fenómeno
—en Barcelona, a dos cuadras de Vía Augusta, a una
cuadra de Muntaner, no muy lejos de donde nací y de donde
fui al colegio y de donde tenía mi estudio de pintor cuando
todos estábamos descubriendo el informalismo como religión,
como pasión—; aquí, sí, aquí
comprendo lo que el italiano decía y mi lucha diaria es
por no pasar por el umbral del atardecer, por no entrar en el
mundo de la noche y del sueño que, ellos decían,
era y es la verdadera vida, la prolongación perpetua de
la muerte.
Las
maravillas del mundo
Benoit Nacci y Patri
Milleron, Editorial Paidós, Barcelona, noviembre, 2007
Desde
hace milenios, las maravillas del mundo moldean al planeta y fascinan
a los hombres. Esos paisajes y esos monumentos, inmortalizados por los
mejores fotógrafos, dan testimonio tanto de la variedad de la
naturaleza como del ingenio de los constructores de todos los tiempos.
A través de lugares sagrados, ciudadelas fortificadas, ciudades
coronadas por cúpulas, campanarios o minaretes, templos, mausoleos
y basílicas, y también de arquitecturas contemporáneas
y ciudades desmesuradas, esta obra es un homenaje a nuestro planeta
y a sus habitantes.
Oscilando entre lugares de renombre universal y otros mal conocidos,
este libro propone un viaje alrededor del mundo desde la delectación
y la contemplación del espectáculo de la naturaleza sublime
y magnífica. Cada parte está introducida con textos accesibles
e instructivos y los comentarios a cada una de las 170 fotografías
subrayan la singularidad y la belleza de cada lugar.
Magnum
VV.AA., Editorial Lunwerg,
Barcelona, octubre, 2007
Esta
emblemática publicación, de una escala y ambición
sin precedentes, conmemora sesenta años de la mirada aguda, imaginativa
y singular de Magnum Photos, la legendaria agencia cooperativa de fotografía.
Sus páginas recogen más de 400 instantáneas realizadas
por sus miembros, abarcando desde los fotográfos más prestigiosos
del siglo XX -como Henri Cartier-Bresson, Robert Capa, Eve Arnold, Marc
Riboud y Werner Bischof, entre otros, hasta los maestros modernos y
las figuras emergentes de nuestra época como Martin Parr, Susan
Meiselas, Alec Scoth y Donovan Wylie. Este libro, además de rendir
homenaje a un extraordinario colectivo, y de permitirnos comprender,
a través de la mirada y la mente crítica de sus miembros,
qué caracteriza a los grandes fotógrafos, también
constituye un testimonio permanente de muchas de las iconografías
de los últimos sesenta años.
La
gloria de los niños
Luis Mateo Díez, Editorial
Alfaguara, Madrid, octubre, 2007
Un
niño de las posguerras, uno de esos niños de la orfandad
y la supervivencia, es el protagonista de esta novela que nos devuelve
tantas imágenes de la actualidad y el pasado con la mirada de
la infancia desamparada. Un niño heroico que asume las tareas
que corresponderían a los mayores, que recibe la encomienda del
padre moribundo para buscar a sus hermanos, y que en la decisión
de encontrarlos y recogerlos encuentra el destino de su responsabilidad
y el cometido de su inocente existencia.
La aureola de los cuentos populares tiñe de emotividad y patetismo
una historia llena de resonancias neorrealistas y picarescas, de sugerencias
oníricas y expresionistas, en la que la ternura y el humor nutren
una aventura llena de sorprendentes hallazgos.
Estamos ante la novela de un narrador cada vez más intensamente
comprometido con la imaginación y la vida, en la que podemos
conocer algunos de sus personajes más inolvidables.
1.
La encomienda
—Ahora, hijo mío, es algo muy importante lo que te
queda por hacer antes de que vuelvas a casa, aunque ya sabes que
en casa no hay nadie o que, si es verdad lo que cuentan de los
derrumbamientos de Larmina, puede que ni siquiera exista.
Las palabras del padre orientaban el camino de Pulgar, como si
en la encomienda se estableciera la dirección que debería
seguir sin que llegase a comprenderla, ya que Pulgar se había
acercado a la cama del Hospital de Misericordia como el niño
perdido que no sólo quiere encontrar lo que busca sino
recibir el amparo que necesita, antes de que se le ordene el recado
al que todos los niños siempre suelen estar dispuestos.
Pulgar llegó al pie de la cama de su padre, después
de infinitas vueltas y revueltas, cuando ya el cansancio le había
hecho esconderse en el hueco de las escaleras, mientras volvía
a subir y a bajar las distintas plantas, recorriendo una y otra
vez con el mayor cuidado las Salas del Hospital que, al fin, semejaban
la oquedad de una enorme cueva. Hubo un momento, cuando más
extraviado se sentía, en que vio a un hombre en pijama
que venía por el pasillo. El paso vacilante impulsaba al
hombre a tender la mano en un vano intento de sujetarse que todavía
le proporcionaba mayor inseguridad, y La gloria de los niños
do Pulgar se le acercó como un temeroso lazarillo el hombre
dio un respingo y se sujetó en él.
—¿Quién eres, chaval, qué buscas? —le
preguntó, con la respiración entrecortada de quien
está haciendo un gran esfuerzo.
—A mi padre... —reconoció Pulgar.
—Pues llévame poco a poco y no tengas prisa.
Hazme este favor ya que el mayor consuelo del herido es llegar
sano y salvo al retrete. ¿Tú serías capaz
de calcular los pasos de este pasillo desde el extremo de la Sala
de la que vengo?
—No lo sería... —confesó Pulgar, que
sintió la mano del hombre como una garra que se aferraba
temblorosa a su brazo.
—Son doscientos veintiséis. La herida del costado
los va contando según se resienten los puntos.
De los trece hay tres infectados, y son los que más escuecen.
Nido
vacío
Alicia Giménez Bartlett,
Editorial Planeta, Barcelona, octubre, 2007
La
escritora Alicia Giménez Bartlett vuelve a darle vida a la famosa
detective Petra Delicado, en la nueva novela, la séptima de las
aventuras de esta inspectora.
Resignada, la inspectora Delicado se ve obligada a ir de compras a un
centro comercial. Entra en el lavabo, y, estupefacta, ve como una pequeña
mano hace desaparecer su bolso. Después de descubrir que se trata
de una niña, finalmente recupera su bolso con todo el dinero,
el móvil y los documentos, pero sin algo esencial para una policía:
su arma reglamentaria. Tras soportar las consabidas bromas de sus compañeros
y tragarse la bronca de su jefe, Petra decide seguir la pista de la
joven ladrona. Para ello contará con la colaboración de
un único testigo, que resulta ser también una menor. Un
temor acosa a Petra Delicado: ¿para qué se quedaría
con una pistola alguien de tan temprana edad?
Por otra parte, durante la investigación de este caso, Petra
conocerá a Marcos, un arquitecto por el que comienza a sentir
más que una simple amistad y que le descubre un mundo tranquilo
y burgués en el que la inspectora quiere probar suerte. En definitiva
un libro que te atrapa desde el principio con una trama de suspense
y misterio.
La
Cortesana de Taifas
Magdalena Lasala, La Esfera
de los libros, Madrid, septiembre, 2007
Año
1031. El califa de Córdoba es derrocado y el otrora glorioso
territorio de al-Andalus queda dividido en multitud de pequeños
reinos que se disputan la primacía política entre sí.
En este mundo convulso y en decadencia vive una hermosa mujer de orígenes
oscuros: Büstan. Cortesana, maga, engañadora y, por encima
de todo, superviviente, se mueve a sus anchas por las diferentes cortes
de Taifas, entre ambiciosos monarcas y visires corruptos a los que siempre
logra embaucar para conseguir sus fines. En compañía de
su comparsa de falsarios, hombres y mujeres que buscan, ante todo, conservar
su libertad, la misteriosa e independiente Büstan vivirá
asombrosas aventuras guiada por su destino, indefectiblemente unido
al del propio al-Andalus. El engaño desde todos sus ángulos
se convierte en la columna vertebral de la trama.
En esta nueva novela, la escritora Magdalena Lasala, con su gran don
de narradora, recrea una época y unos escenarios en los que el
esplendor andalusí da sus últimos coletazos, dotando de
vida a través de los ojos de Marjân, la hija de Büstan,
que se convierte en la responsable de narrar las aventuras en las que,
gracias a su atractivo físico ambiguo, se hace pasar por varón
para tener mayor libertad. De esta manera, tendrá oportunidad
de aplicar los conocimientos que su madre le transmitió.
De
mis orígenes, si estos existen
Es
mi nombre Marjân, que en otro idioma que decía entender
la agorera que me dio la vida significa Morgana, y ella fue quien
me lo otorgara cuando nací, a la vera de un río
adelgazado que va a morir, al parecer, en otra cuenca que alimenta
a su vez las aguas del río Guadalquivir. Preñada
avanzadamente como fue que salió huyendo de Madinat alZahrâ
la que era mi madre y, sin cumplirse las diez lunas que cualquier
vientre de hembra precisa para alumbrar, sintióse descompuesta
a la mitad del camino y al comprobar que los bajos abríansele
por su natural, buscó refugio para ella y su cargamento
en esa ribera que he dicho, a salvo de mercaderes y ladrones,
parientes de oficio que se sabe desde siempre infestan los caminos
con semejas intenciones.
A saber: que llevaba con ella, además de un vientre aún
no cumplido, un par de carros repletos de enseres y aparejos de
cierto valor —que para sí hubiéranse afanado
los que habían sido socios de su misma comparsa, de haber
podido—; al parecer, también, y digo tal porque nunca
vilo con mis ojos pues que no he vuelto a estar allí, aquella
zona era rica en hierbas que sanan, sobre todo de las llamadas
diente de león y flor del cardo, que, mezcladas con hojas
caídas de las encinas crecidas en el entorno, un puñado
de su tierra ferrosa y agua densa estancada que había entre
las matas compusieron el emplaste que logró cortar la hemorragia
por donde la existencia parecía quererse escapar del cuerpo
de mi madre después de que me echara a mí.
Tu
rostro mañana/ 3 Veneno y sombra y adiós
Javier Marías, Editorial
Alfaguara, Madrid, septiembre, 2007
El
tercer y último volumen de Tu rostro mañana, la gran apuesta
novelística de Javier Marías, se revela como una de las
cumbres literarias de nuestro tiempo. Con este volumen termina la saga,
que comenzó con Tu rostro mañana/ 1 Fiebre y Lanza y continuó
con Tu rostro mañana/ 2 Baile y sueño.
El narrador y protagonista, Jacques o Jaime o Jacobo Deza, acaba por
conocer aquí los inesperados rostros de quienes lo rodean y también
el suyo propio, y descubre que, bajo el mundo más o menos apaciguado
en que vivimos los occidentales, siempre late una necesidad de traición
y violencia que se nos inocula como un veneno.
Con sus nuevos y cruciales episodios en Londres, Madrid y Oxford, con
su desenlace sobrecogedor, se cierra aquí una historia que es
mucho más que una historia apasionante, contada con maestría,
y tal vez el más profundo y arriesgado.
Uno
no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está
a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla
aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las
había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda
o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión,
un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el
hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y
también la amada, también la amada, antes que uno
mismo. Todas esas ocasiones en las que alguien cubre con su cuerpo
a otro, o se interpone en la trayectoria de una bala o de una
puñalada, son excepciones extraordinarias y por eso se
destacan, y la mayoría son ficticias, están en las
novelas y en las películas. Las pocas que se dan en la
vida son impulsos irreflexivos o dictados por un sentido del decoro
aún muy fuerte y cada vez más raro, hay quienes
no podrían soportar que su hijo o su amada se fueran al
otro mundo con la idea última de que uno no impidió
su muerte, no se sacrificó, no dio su vida por salvar la
de ellos, como si se tuviera interiorizada una jerarquía
de vivos que ya va quedándose anticuada y pálida,
los niños merecen más vivir que las mujeres y las
mujeres más que los hombres y éstos más que
los ancianos, algo así, así era antes, y esa vieja
caballerosidad pervive en algunas personas, cada vez en menos,
en los de ese decoro tan absurdo si bien se mira, porque, ¿qué
debería importar el pensamiento último, el despecho
o la decepción fugaces de quien un instante después
ya estará muerto, sin más capacidad de decepción
ni despecho ni de pensamiento? Es verdad que aún hay unos
pocos que tienen esa preocupación arraigada y a los que
eso importa, y que por lo tanto actúan para el testigo
a quien salvan, para quedar bien ante él o ella, y ser
recordados con admiración y agradecimiento eternos; sin
acordarse de veras en el decisivo momento, sin plena conciencia
entonces, de que nunca disfrutarán esa admiración
ni ese agradecimiento, porque serán ellos quienes un instante
después ya se habrán muerto.
El
ropero de Frida
VV.AA., Editado por CONARTE
y distribuido por editorial OCÉANO, México, agosto, 2007
Los
atuendos de la artista, que muestran la belleza y la finura de la mano
ancestral indígena en los bordados, las formas, los colores y
la simbología del vestido, son explicados minuciosamente por
un nutrido grupo de especialistas para gozo del lector y vidente de
este lujoso libro de casi 200 páginas. El libro presenta un texto
sobre el contexto histórico en el que vivió la pintora
y otros que relatan los orígenes de las prendas, su historia
e interpretación.
La edición, está ampliamente ilustrado con fotos de Frida
y de su ropaje, como un conjunto integrado por un huipil mazateco de
manta bordada a mano, con aplicación de listones y mangas fingidas
de encaje, procedente de Huautla de Jiménez, Oaxaca; y un enredo
mazateco con cenefa bordada en punto de lomillo, de Xalapa de Díaz,
en el mismo estado.
La indumentaria total se compone de: 32 blusas, cuatro quexquémitls,
una pechera china, dos tocados tehuanos, cuatro camisas, tres encajes
para enaguas, tres capas cortas, tres pares de zapatos, dos capas de
lana, un guante, cuatro conjuntos, cuatro pares de medias, tres delantales,
14 morrales, 11 fajas, una bolsa de tela, 38 faldas, un gorro, un faldón
chino, un cojinete, dos fondos, un traje de baño, tres enaguas,
un pantalón corto, cinco huipiles mayas, cinco mantillas, 23
huipiles, 12 rebozos, tres pantalones, un enredo, 10 pantalones de algodón,
dos mascadas, una pijama de seda y lino china, un tlacoyal, un camisón,
25 listones, una bata, tres madejas de estambre, un caftán bordado
y un sobre de algodón. Además de 20e fundas para almohadas
y cojines, cuatro cortinas, un mosquitero para cama, 112 carpetas, siete
sobrecamas, un tapete, 10 manteles, siete lienzos bordados, siete sábanas,
cinco tiras de encaje, nueve servilletas, dos toallas, cuatro sarapes
y cuatro pedazos de tela.
Los seguidores de la pintora mexicana Frida Kahlo ahora podrán
echar un ojo a su guardarropa, que durante más de 50 años
permaneció guardado en la que era su casa, la Casa Azul.
La
ruta prohibida y otros enigmas de la Historia
Javier Sierra, Editorial
Planeta, Barcelona, agosto, 2007
Muchas
de las pregintas que a veces nos hemos hecho como: ¿Y si Colón
hubiera pisado América por primera vez siete años antes
de su ‘viaje oficial’? ¿Y si algunas de las reliquias
más importantes del Templo de Salomón estuvieran hoy en
poder del Vaticano? ¿Qué sucedería si descubriéramos
que Las Meninas de Velázquez ocultan un oscuro secreto astrológico?
¿O que no fue la Virgen quien se apareció en Fátima?,
son las que se ha hecho también el autor de este y tantos otros
libros de misterios.
El autor repasa algunos hitos de esa Historia que todos creíamos
conocer y nos sorprende con misterios que llevan siglos aguardando a
ser desvelados. Sierra comparte con el lector su investigación,
sus fuentes muchas veces inaccesibles y otras desconocidas, y hace de
La ruta prohibida una obra inigualable.
El
proyecto del Pasaporte Planetario. El yo y ello
Jesús Benítez,
Editorial Slovento, Madrid, junio, 2007
Caminando
entre abismos psicológicos, el protagonista anónimo de
El proyecto del Pasaporte Planetario. El yo y ello, la última
novela de Jesús Benítez, nos enseña como se descubre
a si mismo al tiempo que proyecta nuestro propio reflejo en el espejo
de la vida. Con matices de novela negra, las experiencias de este hombre
sin memoria en cuyas manos, contradictoriamente, se encuentran las llaves
del futuro de la humanidad.
La aventura, la intriga, la búsqueda del pasado para tomar de
él en el presente lo que podría ser el futuro… Todo
eso y más es la intrincada vivencia del protagonista de esta
novela, en la que el tiempo y el espacio son descritos desde diferentes
posiciones, mediante un proceso investigador en el que se mezclan, con
matices de novela negra, las experiencias de un hombre sin memoria en
cuyas manos, contradictoriamente, se encuentran las llaves del futuro
de la humanidad. La violencia del ser humano, la complejidad de la existencia,
su sensibilidad, la desesperanza y la esperanza forman en esta obra
un todo que se transforma en formulaciones matemáticas o lógicas,
en cálculos de probabilidades que pueden ser su propia destrucción
o, por el contrario, su salvación. Caminando entre abismos psicológicos,
el protagonista, inicialmente sin nombre y, por tanto, de modo anónimo,
nos enseña cómo se descubre a sí mismo al tiempo
que proyecta nuestro propio reflejo en el espejo de la vida.
El autor confiesa que el eje central de El Proyecto del Pasaporte Planetario.
El yo y el ello es ‘que el tiempo y el espacio son inseparables,
no existe el uno sin el otro, igual que la realidad y la ficción’.
Objetos
perdidos
Carolyn Parkhurst, Editorial
Alfaguara, Madrid, junio, 2007
Seleccionados
por una importante cadena de televisión, doce concursantes participan
en un espectacular reality show que los lleva a exóticos rincones
de todo el mundo en busca de pistas para hallar objetos perdidos. Concursan
por un millón de dólares sometiéndose a las surrealistas
pruebas que los organizadores han preparado y con las que pretenden
hacer aflorar sus deseos y secretos más ocultos para mostrar
su humillación pública en horas de mayor audiencia.
Carolyn Parkhurst, con una increíble capacidad para captar las
distintas gamas de emociones y sentimientos más profundos, nos
sumerge en las vidas de unos personajes variopintos que, como los objetos
perdidos que buscan, intentan descubrirse a ellos mismos. Más
que una sátira, lo que emerge es la sincera historia de unos
personajes que no somos capaces de abandonar ni siquiera cuando el último
concursante cruza la línea de meta. Humor e ironía en
una historia donde, sobre el escenario de un exhibicionista concurso
que pretende emular la realidad, el verdadero juego es la propia vida.
1. Laura
En la sexta etapa del concurso llevamos acumulados los siguientes
objetos: un bastón de esquí, un alfil de un juego
de ajedrez de cristal, una hoja de papel de arroz, el fósil
de un trilobite, un casco de aviador y un papagayo vivo.
En nuestras mochilas ya no cabe nada. Meto el alfil en un calcetín
para evitar que golpee contra algo y se haga trizas. Pliego el
papel de arroz y lo pongo dentro de una guía. El casco
me lo calzo en la cabeza.
Le tiendo el bastón de esquí a Cassie.
—¿Lista? —le pregunto, mientras alzo la jaula
del papagayo.
—Como si tuviera elección —contesta.
Nuestro camarógrafo, Brendan, sonríe sin disimulo.
Sé que piensa que Cassie es digna de filmarse.
—Bueno, vamos entonces —digo.
Dejamos nuestra habitación de hotel y avanzamos por el
pasillo, con Brendan detrás para filmarnos; el chico del
sonido cierra la marcha. En el ascensor, el papagayo lanza un
graznido.
—Tendríamos que ponerle nombre —le digo a Cassie,
sosteniendo en alto la jaula.
—¿Qué te parece Muslito? —sugiere ella.
Brendan sonríe detrás de la cámara. No hay
duda de que le gusta esto.
—¿Y qué te parece Milton? —replico—.
Tiene un aire de Milton, ¿no?
—Vale —acepta Cassie, mirando los números luminosos—,
como quieras.
La
buena educación
Begoña Aranguren,
Editorial Planeta, Barcelona, mayo, 2007
¿Qué
es la buena educación? ¿Cómo salvar los escollos
de la convivencia sin nunca perder la compostura? ¿Qué
significan la sensibilidad y el respeto en una sociedad en la que la
ambición, las prisas y las ganas de tenerlo todo están
a la orden del día?
Con la prosa elegante que la caracteriza, Begoña Aranguren nos
da en La buena educación la respuesta a esas preguntas. A través
de la las anécdotas de una familia, la autora reflexiona acerca
de la urbanidad, el civismo y la corrección y deplora la falta
de sensibilidad imperante en nuestra sociedad. Aunque su relato está
lleno de referencias continuas a personajes, programas de televisión
y sucesos de plena actualidad, Aranguren no elude comparar a las generaciones
pasadas con la actual y nos anima a recuperar viejas formas de relacionarnos
y a entender que los modales son un bien que merece la pena preservar.
Se mezclan normas derivadas de lo que puede llamarse ‘buen gusto’
con otras esenciales (normalmente relacionadas con la higiene) y otras
más conectadas con la ética. Ella hace un recorrido novelado
por acontecimientos cotidianos y sociales que casi todos los humanos
(excepto los ermitaños y Belén Esteban, que no puntúa
en este caso) nos encontramos a lo largo de nuestra vida.
Las normas de educación tienen, claro, que ir amoldándose
a los nuevos tiempos. Por ejemplo, el móvil, es un nuevo elemento
que hace que se creen nuevas reglas como no hablar a gritos en un sitio
público, no interrumpir una conversación cara a cara por
una llamada de móvil o apagarlo en momentos importantes.
En definitiva, la obra es una auténtica guía para la vida:
no consiste sólo en modales, sino también comprensión
y enriquecimiento de uno mismo y del otro, algo que no puede pasar de
moda y que los lectores no se arrepentirán de recordar.
Todavía
tú
María Tena, Editorial
Anagrama, Barcelona, mayo, 2007
Un
arquitecto que ha triunfado en Estados Unidos vuelve a España
tras muchos años de ausencia. En un congreso conoce a una joven
colega que le hará revivir los veranos de su infancia en el norte.
El paisaje de su adolescencia, que creía perdido, sigue ahí
como si estuviera esperándole y, con él, su primer amor
y todo lo que le hizo ser lo que ahora es: varias mujeres y sólo
una, muchas vidas distintas y un impulso único se mezclan en
esta historia sugerente y luminosa.
Una novela sobre las trampas de la memoria y los paisajes perdidos pero
nunca olvidados. Un libro sobre el espacio y la luz de la memoria íntima.
Y un final donde el mundo se reconstruye de una manera intensa y sorprendente.
Después de su excelente novela ‘Tenemos que vernos’,
tan bien recibida por la crítica y de la que Luis Landero escribió:
‘Está escrita y construida con el difícil arte de
la sencillez, llena de gracia y amenidad, a un tiempo emotiva e inteligente’,
María Tena da un significativo paso adelante con 'Todavía
tú'.
1
En ese congreso conocí a Marina.
Era otoño y en Madrid llovía. Desde el avión,
justo antes de aterrizar, me había sorprendido el color
de los campos secos que rodean la ciudad, el paisaje pelado de
la meseta. El asfalto húmedo de la pista brillaba y mientras
atravesábamos pasillos y controles, a través del
vaho de las ventanas, intuí un horizonte confuso.
En cuanto toqué tierra me puse las gafas. No las suelo
usar, me hacen mayor, pero esa tarde quería verlo todo,
compararlo con mis recuerdos.
Saber de tu país en la prensa o en la televisión
nunca es igual.
El agua caía persistente, terca, el tráfico era
excesivo y llegar al lugar del congreso, en las afueras de Toledo,
parecía imposible. La circunvalación cercaba a Madrid
como una muralla medieval rodeada de un ejército de coches
y cubierta de lluvia. Detrás de los edificios impersonales
quise recuperar las huellas de esa ciudad que había sido
mía pero, desde las ventanas del taxi, la capital sólo
me dejó ver sus espaldas más grises. Respiré
cuando salimos a la autovía.
Logré recuperar la textura de lo conocido mucho más
tarde. Fue en la sonrisa seductora de las chicas sudamericanas
de la recepción del hotel. Todas parecían querer
algo más, se insinuaban sin saberlo. Luego el botones que
me ayudó a trasladar el equipaje a la habitación
también me sonrió como si me conociese de otras
veces. Me sentí en casa.
El taxista que me había llevado era casi mudo, sólo
emitía monosílabos, así que nunca
supe si también me daba la bienvenida.
Llovía tanto que hubiera sido absurdo salir a dar una vuelta.
Desde la terraza, la ciudad imperial se disolvía. Los edificios
medievales, ahora verdaderos, sólo se esbozaban detrás
del diluvio. Me conformé con eso. Anocheció. Estaba
cansado y, después de tomarme un whisky frente al televisor,
me dormí.
Esa noche el sueño de los últimos días se
repitió. Estaba en la casa del pueblo. Quería correr
hacia mi madre, tocarla, pero su cara se borraba. Me desperté
con dolor en las mandíbulas.
El amanecer era aún violeta oscuro. Las cortinas de hilo
blanco, la alfombra suave del hotel, el ruido del reloj me confirmaron
que había vuelto a mi país, ese lugar que desde
lejos siempre veía recubierto de un brillo irreal. En cambio
las mesas negras lacadas, la luz artificial, los edredones pesados
me parecieron ajenos, distintos de lo que esperaba. Volví
a dormirme y me desperté sobresaltado. Quizás fue
el aire denso de la habitación cerrada o la agitación
de las voces del pasillo a través de la puerta. Tuve miedo.
Eché de menos la seguridad de mi casa de Boston, los árboles
de Beacon Hill, las calles estrechas. Hasta mis zapatillas de
correr que, en el último momento, había olvidado.
Ya estoy aquí, me dije como si quisiera convencerme. Abrí
la ventana, subí las persianas, la lluvia traía
un viento húmedo y frío, un olor del norte cargado
de presagios.
Son sólo unos días me repetí, como había
hecho todos los días desde que me llamaron para dar esa
conferencia. Atrévete a volver.
Mira
si yo te querré
Luis Leante, Editorial Alfaguara,
Madrid, abril, 2007
El
hallazgo inesperado de una vieja fotografía hará que Montse
Cambra, una doctora de cuarenta y cuatro años, abandone su Barcelona
natal para buscar a su primer amor. Comienza así un viaje que
la llevará hasta el Sáhara. El afán de supervivencia
y la pasión de vivir de un pueblo olvidado en el desierto la
ayudarán a descubrir su verdadero destino.
El relato, Premio Alfaguara de Novela 2007, trata de una historia de
amor que se alarga en el tiempo, el retrato de dos épocas y de
dos culturas unidas por un secreto, la aventura de una mujer que descubre
lo más importante en la soledad del desierto.
Duerme durante la mañana, durante la tarde, casi todo el
tiempo duerme. Luego pasa en vela la mayor parte de la noche: una
vigilia intermitente, con momentos de lucidez pasajera y otros de
delirio o de abandono; con frecuencia, de desmayo. Un día
tras
otro, durante semanas. No hay frontera en el paso del tiempo. Cuando
consigue mantenerse un rato despierta, intenta abrir los ojos y,
entonces, cae de nuevo en el vértigo del sueño: un
sueño profundo del que le resulta difícil regresar
del todo. Hace días que en los escasos momentos de lucidez
distingue voces de extraños. Las escucha lejanas, como si
vinieran de otra habitación o de lo más profundo de
su sueño. Sólo de vez en cuando las oye a su lado,
muy cerca. Sin estar segura, le parece que los desconocidos hablan
en árabe. Lo hacen en susurros. No entiende nada de lo que
dicen, pero el sonido de las voces, lejos de inquietarla, le resulta
reconfortante. Le cuesta trabajo pensar; mucho trabajo. Si hace
algún esfuerzo para averiguar dónde se encuentra,
siente una gran fatiga y, enseguida, se ve sumida en el temido sueño.
Lucha por no quedarse dormida, porque las alucinaciones la atormentan.
Una y otra vez se
ve asaltada por la misma imagen: la pesadilla del escorpión.
Incluso despierta teme abrir los ojos por si el arácnido
ha sobrevivido al sueño. Pero, aunque lo intenta, sus párpados
permanecen pesadamente sellados. La primera vez que abre los ojos
no logra ver nada. La luz de la habitación la deslumbra y
la ciega como si hubiese estado todo el tiempo en una mazmorra.
Sus párpados vuelven a ceder al peso. Pero ahora, por primera
vez, es capaz de distinguir entre la realidad y el sueño.
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